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Puntos de conversación:
- Paso #1: Deja de buscar respuestas mirando hacia abajo. Intentamos encontrar nuestra identidad en nuestro matrimonio, nuestras calificaciones, nuestro trabajo u otras cosas. Esto siempre termina fallando. Colosenses 3:1–4
- Paso #2: Haz morir tu antigua vida sin Jesús. Tenemos que desear hacer morir nuestra naturaleza pecaminosa y nuestros viejos hábitos, y realmente tomar acción al respecto. Colosenses 3:5–9
- Paso #3: Vístete de tu nueva vida en Jesús. A través de la oración personal, la devoción diaria, la meditación en la Palabra de Dios, la adoración, los grupos pequeños, el servicio y el acompañamiento espiritual, puedes “vestirte” cada día con tu identidad en Jesús. Colosenses 3:10–11
La perspectiva con la que vemos la vida determina profundamente cómo vivimos. Alguien dijo una vez: “La perspectiva lo es todo”, y es cierto. La manera en que interpretamos lo que nos sucede, lo que valoramos y lo que esperamos moldea nuestras decisiones, nuestras reacciones y, en última instancia, nuestro carácter.
La Biblia nos enseña que Dios piensa igual. En la carta a los Colosenses, el apóstol Pablo insiste en que los seguidores de Jesús necesitan dos perspectivas fundamentales: una perspectiva correcta de quién es Cristo y una perspectiva correcta de quiénes somos nosotros en Cristo.
Pablo les recuerda que nuestra identidad no debe venir del mundo, sino de Cristo. El mundo intenta moldearnos según sus valores: nos empuja a pensar de forma secular, a vivir centrados en nosotros mismos y a definirnos por lo que hacemos, lo que tenemos o lo que otros opinan de nosotros. Pero Pablo afirma que esa perspectiva es dañina y, además, no funciona.
Cuando Jesús entra en nuestra vida, nos da una nueva identidad y una nueva manera de vivir. Ya no caminamos como el mundo, porque hemos sido transformados y seguimos siendo transformados para pensar y vivir más como Cristo. A partir de esta verdad, Pablo nos presenta tres pasos esenciales para caminar en esa nueva identidad que Dios nos ha dado.
Paso #1: Deja de buscar respuestas mirando hacia abajo.
Muchos buscan identidad y dirección en lugares que no pueden sostenerlos: el trabajo, el éxito, la aprobación de otros, las redes sociales, la apariencia, el matrimonio o la posición social. Todos estos elementos pueden parecer importantes, pero ninguno es estable ni capaz de sostener el peso de nuestra identidad. Son fuentes cambiantes, frágiles y, en muchos casos, engañosas. Cuando dependemos de ellas, terminamos viviendo con una sensación constante de inseguridad, comparación y agotamiento.
Es como caminar por la vida con la cabeza hacia abajo, distraídos, siguiendo a las masas sin rumbo, igual que quienes van texteando sin mirar a dónde van. Avanzan, pero no ven. Caminan, pero no saben hacia dónde. Se mueven, pero no tienen claridad. Esa imagen describe perfectamente lo que ocurre cuando buscamos dirección en lo terrenal: avanzamos sin propósito, reaccionamos sin pensar y terminamos tropezando con cosas que podríamos haber evitado si simplemente hubiéramos levantado la mirada.
Por eso esta ilustración visual es tan poderosa. Antes de continuar, observemos este video que muestra a personas caminando mientras textean, sin darse cuenta de lo que tienen enfrente.
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Este video es gracioso a primera vista, pero también es un espejo de lo que sucede espiritualmente cuando vivimos con la mirada baja. Pablo nos llama a dejar de mirar hacia abajo, porque allí no encontraremos las respuestas que solo Dios puede dar. Él nos exhorta a fijar nuestra mirada en Cristo:
Colosenses 3:1-4 Ya que han sido resucitados a una vida nueva con Cristo, pongan la mira en las verdades del cielo, donde Cristo está sentado en el lugar de honor, a la derecha de Dios. 2 Piensen en las cosas del cielo, no en las de la tierra. 3 Pues ustedes han muerto a esta vida, y su verdadera vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo —quien es la vida de ustedes— sea revelado a todo el mundo, ustedes participarán de toda su gloria.
Mirar hacia arriba significa levantar intencionalmente la mirada del ruido, la presión y las expectativas del mundo para fijarla en Cristo. Implica dirigir nuestra atención hacia Él, pensar desde una perspectiva eterna y recordar quiénes somos ahora en Él. Ya no vivimos definidos por nuestro pasado, nuestros errores o las etiquetas que otros nos han puesto.
En Cristo somos hijos amados de Dios, con una nueva naturaleza y una nueva fuente de poder: el poder de la resurrección. Esa verdad cambia no solo cómo pensamos, sino cómo caminamos cada día. Pablo lo resume de manera profunda y directa cuando escribe:
Gálatas 2:20 Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí…
¿Captas lo poderoso que es este versículo? Afirma que tu vida ya no te pertenece, porque ahora es la vida de Cristo viviéndose en ti. Eso significa que ya no eres simplemente “tú”, sino el instrumento por medio del cual Jesús decide obrar en el mundo. Ahora eres los ojos que ven a los necesitados con Su compasión, las manos que ayudan a los pobres y a los vulnerables en Su nombre, los labios que anuncian cuánto Él ama a las personas y los pies que van a compartir que Cristo murió por ellos. Tu vida se convierte en un canal vivo de Su presencia.
Por eso es tan importante mirar hacia arriba. Cuando levantas la mirada, permites que Cristo guíe tu vida, dirija tus pasos y revele Su propósito para ti. Este es, sin duda, el privilegio y la responsabilidad más grande que tendrás en toda tu existencia. No hay llamado más alto ni tarea más significativa que permitir que Cristo viva Su vida en ti y a través de ti. Y como este es el plan perfecto de Dios para tu vida, también es el mejor plan que podrías tener. Cuando miras hacia arriba, comienzas a ver las maneras sorprendentes en que Dios puede obrar en ti y por medio de ti. Él hará mucho más de lo que podrías soñar o imaginar.
Mirar hacia arriba también nos recuerda de dónde proviene nuestra ayuda. No viene de nuestras fuerzas, ni de nuestras estrategias, ni de los recursos del mundo. Nuestra ayuda viene del Señor, el Creador del cielo y de la tierra. El salmista también lo afirma:
Salmos 121:1-2 Levanto la vista hacia las montañas, ¿viene de allí mi ayuda? 2 ¡Mi ayuda viene del Señor, quien hizo el cielo y la tierra!
La ayuda real no viene de abajo, de los métodos del mundo, sino de Dios. Todo lo que el mundo ofrece como “solución” es temporal, limitado e inestable. Pero cuando levantamos la mirada hacia el Señor, Él nos guía con sabiduría, nos fortalece en nuestras debilidades y nos muestra el camino que debemos seguir. Mirar hacia arriba es un acto de confianza: es reconocer que nuestra dependencia no está en nuestras fuerzas, sino en Aquel que hizo el cielo y la tierra.
Dios desea ayudarnos, dirigirnos y sostenernos, pero también nos invita a participar activamente en Su obra en nosotros. La vida cristiana no es pasiva; es una colaboración entre la gracia de Dios y nuestra respuesta obediente. Por eso, después de aprender a mirar hacia arriba, hay un siguiente paso que debemos tomar para vivir plenamente la nueva identidad que Cristo nos ha dado.
Paso #2: Haz morir tu antigua vida sin Jesús.
Seguir a Cristo no es un proceso pasivo ni automático. Dios, en Su gracia, hace Su parte: nos da Su Palabra para guiarnos, Su Espíritu para fortalecernos y Su presencia para acompañarnos. Pero nosotros también tenemos un papel activo y necesario: hacer morir lo que pertenece a nuestra vieja vida. No podemos abrazar la nueva identidad en Cristo mientras seguimos alimentando los mismos hábitos, actitudes y deseos que nos alejaban de Él.
El apóstol Pablo lo expresa con una claridad contundente.
Colosenses 3:5-9 Así que hagan morir las cosas pecaminosas y terrenales que acechan dentro de ustedes. No tengan nada que ver con la inmoralidad sexual, la impureza, las bajas pasiones y los malos deseos. No sean avaros, pues la persona avara es idólatra porque adora las cosas de este mundo. 6 A causa de esos pecados, viene la furia de Dios. 7 Ustedes solían hacer esas cosas cuando su vida aún formaba parte de este mundo; 8 pero ahora es el momento de eliminar el enojo, la furia, el comportamiento malicioso, la calumnia y el lenguaje sucio. 9 No se mientan unos a otros, porque ustedes ya se han quitado la vieja naturaleza pecaminosa y todos sus actos perversos.
El escritor cristiano John Owen lo expresó con una claridad que atraviesa los siglos: “Mata el pecado o el pecado te estará matando a ti.” No es una frase dramática; es una advertencia espiritual profundamente real. El pecado nunca se queda quieto, nunca se conforma con un rincón de nuestra vida. Siempre busca avanzar, crecer, dominar y destruir. Por eso no podemos tratarlo con ligereza ni verlo como algo inofensivo.
El pecado no es un juego. Es como un león que parece domesticado, controlado o “bajo supervisión”… hasta que ataca. Podemos pensar que lo tenemos bajo control, que “solo es una vez”, que “no es tan grave”, que “yo puedo manejarlo”. Pero la naturaleza del pecado es la misma que la de un depredador: espera el momento oportuno para devorar. Pedro lo describe con una imagen fuerte y precisa:
1 Pedro 5:8 ¡Estén alerta! Cuídense de su gran enemigo, el diablo, porque anda al acecho como un león rugiente, buscando a quién devorar.
Nuestro enemigo, el diablo, desea que pequemos porque sabe que el pecado destruye nuestra vida espiritual desde adentro. Por eso debemos ser diligentes, intencionales y constantes al decir “no” a las tentaciones que solo producen destrucción y muerte. El pecado siempre mata algo: mata nuestra inocencia, mata nuestro matrimonio, mata nuestra familia, mata nuestra comunión con Dios y, eventualmente, mata la vida de la iglesia. Esta es una batalla seria, y no podemos tomarla a la ligera.
Dios quiere que hagamos morir al “viejo yo”: ese yo egoísta, impulsivo, adicto, orgulloso y descontrolado que vivía sin freno. No porque Dios quiera quitarnos algo bueno, sino porque quiere protegernos y abrir espacio para lo nuevo. Es como arrancar la mala hierba para que puedan crecer las flores: si no quitamos lo que estorba, lo que es hermoso nunca podrá florecer.
Es normal preguntarse: “¿Cómo hago esto?” Humanamente, es imposible. Ninguno de nosotros puede cambiar su corazón por su propia fuerza. Pero Jesús dijo que para Dios nada es imposible. Pablo nos muestra el camino: empezar con Dios, sumergirnos en Su Palabra, cultivar una vida de oración diaria y apoyarnos en la comunidad de fe. No estamos llamados a luchar solos; Dios nos da Su Espíritu, Su verdad y Su iglesia para caminar este proceso.
Y justo aquí, Pablo nos revela un secreto más profundo para dejar de pecar y vivir en la libertad que Cristo nos ha dado.
Paso #3: Vístete con tu nueva vida en Jesús.
Pablo usa la imagen de ponerse ropa nueva. Si queremos vivir la vida que Dios tiene para nosotros, debemos vestirnos cada día con nuestra nueva identidad en Cristo.
Colosenses 3:10-11 Vístanse con la nueva naturaleza y se renovarán a medida que aprendan a conocer a su Creador y se parezcan más a él. 11 En esta vida nueva no importa si uno es judío o gentil, si está o no circuncidado, si es inculto, incivilizado, esclavo o libre. Cristo es lo único que importa, y él vive en todos nosotros.
Cuando te vistes de tu nueva naturaleza, algo profundo comienza a suceder dentro de ti: Dios mismo te va renovando mientras lo conoces más y mientras tu vida empieza a reflejar Su carácter. Poco a poco, tu manera de pensar, sentir y actuar se va alineando con la de Cristo. En esta nueva vida ya no importan tus etiquetas pasadas, tu trasfondo, tu cultura o tus errores. Nada de eso define quién eres ahora. Cristo es lo que importa, y Él vive en ti.
Vestirte de tu nueva identidad significa que también te vistes del poder y la presencia de Cristo. No estás solo para enfrentar tentaciones ni para luchar contra lo viejo. Jesús está contigo, Su Palabra te guía y Su Espíritu te fortalece. En Cristo eres amado, perdonado, adoptado, justificado, lleno de paz y capacitado para vivir de una manera completamente diferente.
Cada mañana, cuando te levantes, recuerda esta verdad: tu vida vieja ya fue quitada, y tu nueva vida en Cristo ya llegó. Aunque sientas que no la mereces, Cristo la da gratuitamente a todos los que confían en Él. No importa tu pasado, tu trasfondo, tus pecados o tu historia. Lo que importa es que Cristo vive en ti.
Esta es la perspectiva con la que Dios quiere que despiertes cada día. Porque Cristo es todo lo que importa y Él vive en ti, puedes vestirte de tu nueva identidad, vivir con Su poder, decir no al pecado y caminar en una vida llena de propósito, bendición y significado. Pablo lo afirma así:
Romanos 14:8 Si vivimos, es para honrar al Señor, y si morimos, es para honrar al Señor. Entonces, tanto si vivimos como si morimos, pertenecemos al Señor.Cuando Pablo dice: “si vivimos, es para honrar al Señor… porque le pertenecemos”, está describiendo con precisión lo que significa vestirse de la nueva vida en Cristo. Ya no vivimos para impresionar al mundo ni para sostener la vieja identidad que tanto daño nos hizo. Ahora vivimos para honrar a Jesús, porque Él es nuestro Señor y nosotros le pertenecemos. Esa verdad redefine por completo nuestra motivación, nuestro propósito y nuestra manera de caminar cada día.
Vestirte cada día de tu nueva identidad es recordar que tu vida tiene un propósito mucho más grande que tus emociones, tus luchas o tus circunstancias. Tu vida ahora es para Cristo, y Cristo vive en ti. Y cuando esa realidad se vuelve el centro de tu identidad, tu vida empieza a reflejar Su carácter, Su amor y Su poder en todo lo que haces. No porque seas perfecto, sino porque Él está obrando en ti.
Entonces, tu valor deja de depender de lo que dicen las redes sociales, la sociedad o incluso tus amigos. Ya no construyes tu identidad sobre opiniones cambiantes, expectativas humanas o etiquetas pasajeras. Empiezas a vivir desde una identidad firme, estable y eterna: la identidad que Cristo te dio. Y cuando eso sucede, ya no necesitas demostrar nada, impresionar a nadie ni compararte con otros. Tu seguridad viene de saber quién eres en Jesús y de quién vive dentro de ti.
Levanta la mirada, deja lo viejo y vístete de lo nuevo. Estos tres pasos resumen el corazón del mensaje de Pablo y nos recuerdan la esencia misma de la vida cristiana. No fuimos llamados a vivir mirando hacia abajo, atrapados en lo terrenal, en la culpa o en las expectativas del mundo. Tampoco podemos caminar en lo nuevo mientras seguimos abrazando lo viejo. Cristo no solo nos ofrece una nueva vida… Él mismo es nuestra nueva vida. Nuestra historia ya no está definida por el pasado, sino por Cristo que vive en nosotros y nos transforma día a día.
Quizá has estado viviendo con la mirada baja, distraído por las preocupaciones, las comparaciones o las voces que te rodean. Quizá lo viejo ha vuelto a tomar control y te has encontrado luchando con hábitos, actitudes o pensamientos que creías superados. Quizá simplemente has olvidado quién eres en Cristo.
Hoy es un buen día para renovar tu compromiso espiritual y decir con sinceridad: “Señor, quiero levantar la mirada. Quiero hacer morir lo viejo. Quiero vestirme de mi nueva identidad en Cristo.” Dios honra ese deseo y te fortalece para caminar en lo que Él ya declaró sobre tu vida.
Para quienes aún no han recibido a Cristo, este mensaje es una puerta abierta. Si estás cansado de buscar identidad en lugares que no funcionan, si has probado caminos que te dejaron vacío, si anhelas una vida nueva, limpia y llena de propósito, Jesús te la ofrece hoy. No te pide perfección ni que te arregles primero. Te invita a venir tal como estás y a recibir lo que solo Él puede dar. Puedes hacer esta oración desde el corazón: “Jesús, quiero que seas mi Señor. Quiero tu perdón, tu identidad y tu vida en mí.”
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