El afán y el estrés suelen tratarse como dos problemas distintos, pero en realidad están estrechamente relacionados. Si el estrés es la sensación de estar abrumados por la presión de la vida, el afán es el ritmo frenético con el que intentamos escapar de esa presión. Cuando vivimos en un estado de afán constante, esencialmente mantenemos nuestro cuerpo y nuestra alma en un estado permanente de “modo de emergencia”, que es precisamente la definición de estrés crónico.
El costo físico y espiritual del afán
Biológicamente, el afán o ese deseo de vivir ocupados y a la carrera activa una respuesta de estrés. Cuando corres para ganarle a un semáforo en rojo o revisas frenéticamente tu reloj durante una reunión, tu cerebro no distingue eso de una amenaza real. Libera cortisol y adrenalina, manteniendo tu ritmo cardíaco elevado y tu mente en alerta.
Espiritualmente, el afán suele ser una señal de que hemos dejado de confiar en el tiempo de Dios y hemos empezado a depender de nuestra propia velocidad. Como señaló famosamente el autor John Ortberg: “El afán es el gran enemigo de la vida espiritual”. Es imposible estar verdaderamente presente con Dios o con los demás cuando tu mente va mil millas por hora, llegando a tu próxima cita. Y es que el afán no es solo ocuparte en quehaceres, sino vivir en un ajetreo continuo, siempre acelerado.
El afán como síntoma de identidad
A menudo nos afanamos y vivimos acelerados porque creemos que nuestro valor está ligado a cuánto podemos lograr en un período de veinticuatro horas. Este “estrés frenético” te hace sentir como si te estuvieran jalando en mil direcciones. Probablemente elegiste las cosas en tu lista porque te importan, pero cuando esas cosas comienzan a dictar tu ritmo, se convierten en tu amo.
La Biblia nos invita a una forma diferente de vivir. En lugar de buscar tu identidad en tu lista de presiones, la encuentras en Jesús. Cuando tu identidad está segura en Él, la necesidad frenética de probarte mediante la productividad comienza a desvanecerse.
Mateo 11:28-30 (NTV) Luego dijo Jesús: «Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso. Pónganse mi yugo. Déjenme enseñarles, porque yo soy humilde y tierno de corazón, y encontrarán descanso para el alma. Pues mi yugo es fácil de llevar y la carga que les doy es liviana».
El mito de la cultura de “productividad frenética”
En el mundo de hoy, estamos constantemente bombardeados con el mensaje de la “cultura de la productividad frenética”. En otras palabras, es “hacer más para valer más”. Esta mentalidad nos dice que si no estamos trabajando y a la vez haciendo un trabajo extra por fuera o aprovechando cada segundo del día, nos estamos quedando atrás. Considera vivir afanados como una medalla de honor y sugiere que nuestro valor está estrictamente ligado a nuestra productividad.
Sin embargo, este estilo de vida a menudo conduce a la “enfermedad del afán constante”: un estado de ansiedad constante donde sentimos que debemos movernos más rápido solo para mantenernos al día. Fuimos creados para un ritmo de vida equilibrado, no solo para producir resultados. Dios no está mirando tu lista de logros ni tu lista de tareas completadas para decidir si eres digno de su amor.
Elige un nuevo compañero de yugo
La conexión entre el afán y el estrés se rompe cuando tomamos un nuevo “compañero de yugo”. En el versículo anterior, Jesús usa la imagen de un yugo. Si estás unido a las expectativas del mundo, siempre estarás apurado y afanado porque el mundo nunca está satisfecho.
Pero cuando estás unido a Jesús, te mueves a Su ritmo. Empiezas a preocuparte por las cosas que a Él le importan, y tus prioridades comienzan a cambiar. Jesús nunca tuvo prisa, y aún así cumplió el propósito más grande de la historia. Al permanecer en Él, descubrimos que podemos ser productivos sin vivir frenéticamente.
Juan 15:5 (NTV) »Ciertamente, yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto porque, separados de mí, no pueden hacer nada.
La enseñanza principal
El afán es el combustible que mantiene encendido el fuego del estrés. Mientras que el estrés es la presión interna que sentimos, el afán es el ritmo externo que lo sostiene. Al encontrar nuestra identidad en Cristo y elegir caminar a su ritmo, podemos cambiar nuestro afán frenético por su paz sobrenatural. No tenemos que hacerlo todo; solo tenemos que hacer lo que Él nos ha llamado a hacer, confiando en que Él es quien finalmente produce el fruto en nuestra vida.
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