No sé si han notado que a veces parece que la carga de su celular no funciona porque se descarga rapidísimo. La mayoría de las veces no es que el teléfono ya no sirva, sino que posiblemente se quedó una aplicación corriendo en segundo plano sin que nos demos cuenta. Esa es una muy buena metáfora para el tema de hoy.
Estamos en la semana 3 de la serie “No me mandas”. Ya hablamos de la culpa y del miedo. Esos son jefes muy “ruidosos”: fuerzas dominantes y activas. Como quebrarte un hueso: exigen atención inmediata. Pero hoy vamos a hablar de un “jefe” silencioso. Uno que se mete despacio. Que aparece y desaparece. Hoy estamos hablando de la amargura.
La amargura está ahí, como un zumbido constante. Como una app en segundo plano en tu teléfono. No te das cuenta de que está corriendo… pero te está drenando la batería.Empecemos con una definición:
La amargura es un resentimiento profundo y persistente que crece en el corazón cuando una persona se niega a perdonar o procesar una herida.
¿Ves cómo es silenciosa y sigilosa? Es como un cáncer que te rehúsas a tratar. Prefieres ignorarlo y correr el riesgo, aunque sabes que te va a matar. La Biblia lo dice así —y lo vimos en nuestra serie de Hebreos:
Hebreos 12:15–17 (NTV) 15b Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes y envenene a muchos.
Esta raíz venenosa es como el knotweed japonés. Parece una planta de bambú inofensiva por encima del suelo. Pero su sistema de raíces puede crecer tres metros hacia abajo y extenderse siete metros hacia los lados. A medida que crece, actúa como una cuña en cámara lenta, separando estructuras desde adentro hasta que el concreto se rompe. Puede crecer a través de grietas en el concreto o en el ladrillo.
Es tan destructiva que en algunas regiones no puedes obtener una hipoteca si se encuentra en la propiedad. Sus raíces pueden permanecer dormidas hasta veinte años. Un fragmento del tamaño de una uña puede producir una nueva colonia enorme. En el Reino Unido, permitir que se propague es un delito porque es una planta extremadamente destructiva e invasora.
Así mismo es la amargura. No dejes que la amargura sea tu jefa. Es una raíz escondida bajo la superficie, haciéndote pedazos desde adentro. ¿Qué estás pensando ahora mismo? La mayoría tenemos algo que nos viene a la mente.
A mí también me pasó. Hace unos años estábamos pasando una gran necesidad financiera y yo pensaba: “¿Cómo es posible? Si yo soy generoso con Dios: diezmo, ofrendo, doy mi tiempo, mi amor… y aun así estoy en necesidad. Y mientras tanto, otros que ni siquiera le sirven a Dios están prosperando y están mejor que yo”. No les miento: una raíz de amargura estaba creciendo en mi corazón.
Hasta que mi esposa me recordó el Salmo 37, especialmente el versículo 7, donde Dios dice: “Quédate quieto en la presencia del Señor, y espera con paciencia a que él actúe. No te inquietes por la gente mala que prospera…”
Recuerda la enseñanza de esta serie: Jesús quiere darte vida en abundancia. El enemigo quiere robar, matar y destruir. Y la amargura es una de sus herramientas más sigilosas y peligrosas.
La enseñanza de hoy es simple. Te daré tres verdades sobre la cura para la amargura. Y esta cura es el perdón. No es ciencia espacial. Pero espero que algo hoy llegue a tu mente y a tu corazón, y seas libre de esta raíz venenosa y dañina.
Verdad #1 – El perdón es una decisión de soltar.
Perdonar es tomar una decisión consciente de soltar aquello a lo que sientes que tienes derecho. Derecho al enojo, a la culpa, a la venganza. Y puede que tengas razón —no solo es un sentimiento—. Hoy no estoy minimizando la ofensa. Puede sentirse “imperdonable”. Pero perdonar es elegir soltarla de todos modos. ¿Perdonar significa que la persona no pagará? ¡No! Mira lo que nos dice la Palabra:
Romanos 12:19 (NTV) Queridos amigos, nunca tomen venganza. Dejen que se encargue la justa ira de Dios. Pues dicen las Escrituras: «Yo tomaré venganza; yo les pagaré lo que se merecen», dice el Señor.
Pero… ¿por lo menos necesitan pedir perdón? ¡Tampoco! Lee lo que dice Jesús al respecto:
Lucas 23:34 (NTV) Jesús dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y los soldados sortearon su ropa, tirando los dados.
Jesús dijo esto mientras era torturado y ejecutado. Y te cuento que hablar colgado de esa cruz era extenuante. Aun así soportó el dolor para decir esas palabras. No esperó a que sus verdugos se disculparan. Esperar una disculpa es autosabotaje.
Si haces que tu libertad dependa del remordimiento de alguien que no es confiable, eres tú quien termina encadenándose.
Cuando retenemos lo “imperdonable”, seguimos atados a quien nos hirió. ¡Una ironía triste! Perdonar es la única forma de cortar ese cordón y empezar a sanar. Perdonar es decidir soltar… así que suelta eso que te daña.
Verdad #2 – Perdonar no es olvidar
De hecho, Dios diseñó nuestro cerebro así, para NO olvidar. Si te quemas, aprendes a tener cuidado con el fuego. Si alguien te hiere profundamente, lo recordarás. Eso es bueno. Es gracia de Dios.
No sé si conoces a alguien con demencia. No recuerdan lo que pasó hace 5 minutos… pero sí recuerdan heridas de su infancia. Eso está grabado firmemente en algún lugar de esa mente que ya no funciona. Pero Dios no sufre demencia. NO es olvidadizo. Él recuerda todo. Y aun así la Biblia dice:
Hebreos 10:17 (NTV) Después dice: «Nunca más me acordaré de sus pecados y sus transgresiones».
¿Cómo? Esto parece lo opuesto a lo que acabo de decir. Te explico: cuando Dios “no recuerda”, no es que tenga lagunas mentales. Es como cuando la Biblia dice que Dios “recordó” a Noé allá en el Génesis; no significa que lo había olvidado, sino que actuó a su favor.
Cuando Dios dice que no recordará nuestros pecados, significa que nunca más actuará en contra de nosotros basándose en esos fracasos del pasado. Eso es perdón. Significa que Él decide no volver a sacar esos pecados en nuestra contra.
Cuando perdonas, todavía recuerdas la ofensa, pero tomas una decisión consciente de no volver a usarla en contra de esa persona.
La verdadera sanidad ocurre cuando reconocemos ese recuerdo, pero nos negamos a permitir que controle nuestras acciones presentes. Debes cambiar la “narrativa” que te cuentas a ti mismo. Deja de reproducir la ofensa y de enfocarte en tu papel como víctima; empieza a enfocarte en el papel de Dios como tu Sanador.
¿Recuerdas lo que te conté de la raíz de amargura que estaba dejando entrar a mi corazón? Bueno, después que fui recordado de la Palabra de Dios, solté esos pensamientos dañinos y empecé a hablar la Palabra de Dios a mi mente y a mi corazón. Dejé de repetir la narrativa de víctima que me decía: “Mira cómo prosperan ellos y tú no”.
En lugar de eso, empecé a cambiar la historia que me estaba contando. Dejé de reproducir la ofensa y la comparación, y comencé a enfocarme en el papel de Dios como mi Sanador, mi Proveedor y el que endereza mi camino. Sí, estaba pasando necesidad, pero jamás me había acostado con el estómago vacío. Además, tenía trabajo y salud para seguir trabajando. Cuando cambié la narrativa interna, la raíz de amargura dejó de tener poder sobre mí.
Verdad #3 – El perdón es una respuesta que se entrena.
Es como el entrenamiento de un piloto. Tiene que entrenarse para manejar la orientación espacial. Cuando un piloto vuela “a ciegas”, es decir, dentro de una nube donde ya no puede ver el horizonte y con cero visibilidad, su oído interno empieza a mentirle. Puede estar en una caída en espiral,
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