La comparación es llamada a menudo el ladrón de la alegría, y eso es especialmente cierto en la crianza. Es una trampa en la que muchos caemos sin siquiera darnos cuenta. Vemos a otro niño llegando a las etapas del desarrollo más rápido o sentado tranquilamente en la iglesia, y de inmediato nos preguntamos por qué nuestro propio hijo no hace lo mismo. Pero la comparación resalta debilidades y hace que nuestros hijos sientan que no dan la talla, dejándolos desanimados e inseguros. Si queremos criar niños sanos y seguros, tenemos que aprender a dejar de medirlos y compararlos contra cualquier otra persona.
Tus hijos no son copias al carbón
Simplemente no es justo comparar a tus hijos con sus hermanos o con sus compañeros. Cada niño es un individuo único creado por Dios con un “diseño” específico. Factores como el orden de nacimiento, el sexo y la edad juegan un papel enorme en moldear quiénes son. Un hijo mayor naturalmente tendrá un temperamento diferente al “bebé” de la familia, y la madurez de un niño de diez años no debería ser la vara para medir el comportamiento de uno de cinco.
Cuando comparamos hermanos, ignoramos la hermosa diversidad que Dios construyó en nuestras familias. Un niño puede ser un académico mientras otro es un artista; uno puede ser un atleta mientras otro es un pensador profundo. Si intentamos forzarlos a encajar en el mismo molde, nos perdemos de quiénes son realmente. Dios no cometió un error al darles personalidades diferentes. Nuestro trabajo como padres es celebrar esas diferencias en lugar de tratar de borrarlas.
Tus hijos no son tus trofeos
Una de las razones más grandes por las que caemos en la trampa de la comparación es porque vemos a nuestros hijos como trofeos en nuestra “vitrina de crianza”. Sentimos que sus éxitos reflejan nuestra grandeza, y que sus fracasos manchan nuestra reputación. Esta mentalidad es peligrosa porque convierte la crianza en algo sobre nosotros en lugar de sobre ellos. Cuando usamos a nuestros hijos para inflar nuestro propio ego, colocamos una pesada carga de desempeño sobre sus hombros.
La crianza bíblica no se trata de lucir bien ante los vecinos; se trata de pastorear el corazón de cada hijo individualmente. Esto significa tomarnos el tiempo para conocer qué los mueve, ayudarlos a navegar sus luchas específicas y prepararlos para alcanzar los objetivos que Dios ha puesto en sus corazones. Estamos llamados a ser guías y mentores, no solo administradores de su imagen pública.
Colosenses 3:21 (NTV) Padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desanimen.
Pastoreando el corazón, no solo el comportamiento
Cuando comparamos a nuestros hijos, a menudo nos enfocamos solo en el comportamiento externo. Queremos que “se porten bien” para no sentirnos avergonzados. Pero Dios está mucho más interesado en el corazón. Efesios 6:4 anima a los padres a criar a los hijos con la “disciplina e instrucción que provienen del Señor”. Este tipo de crianza es personal. Requiere que nos acerquemos y entendamos los miedos y motivaciones únicos de cada niño.
En lugar de decir: “¿Por qué no puedes ser más como tu hermana?”, intenta enfocarte en el crecimiento específico de ese hijo. “Vi cuánto te esforzaste en ese proyecto hoy” o “Me encantó cómo mostraste amabilidad a tu amigo” refuerza su valor individual. Cuando un niño se siente visto y conocido por quién es y no por cómo se compara con alguien más obtiene la seguridad que necesita para convertirse en la persona que Dios lo llamó a ser.
Enseñanza clave
Evitar el juego de la comparación comienza con reconocer que tus hijos son regalos únicos de Dios, no reflejos de tu estatus como padre o madre. Al enfocarte en pastorear sus corazones individuales y celebrar sus fortalezas específicas, creas un ambiente donde pueden florecer sin la presión de compararse con otros. Dios no nos compara entre nosotros, y nosotros tampoco deberíamos hacerlo con nuestros hijos.
Ver también: