En el libro de Eclesiastés, el Maestro ofrece una mirada sorprendentemente honesta sobre el dinero. No lo presenta como algo puramente malo ni como el bien supremo. Lo observa a través del lente de “hevel”, una palabra hebrea que significa vapor o aliento. Como el humo, el dinero es real al tacto, pero se escurre entre los dedos si intentas construir tu vida sobre él.
Con la enseñanza de hoy aprenderemos que el dinero es una herramienta útil, pero un dios terrible. Debemos aprender a sostenerlo con una mano abierta, encontrando nuestra satisfacción final en el Dador y no en el regalo. Empecemos con la pregunta de hoy:
¿Tu dinero es una herramienta o un dios?
Una herramienta sirve a tus buenos propósitos. Un dios es algo que terminas sirviendo. El dinero es amoral; no es bueno ni malo en sí mismo. Todo depende de cómo lo uses.
Hoy veremos una reflexión brutalmente honesta sobre el dinero y aprenderemos cinco perspectivas sobre este tema de parte del Maestro (Qohelet) en Eclesiastés. Esta es sabiduría atemporal que tiene tanto sentido hoy como hace miles de años.
El trabajo y la riqueza son buenos regalos de Dios, destinados a ser administrados y disfrutados, no adorados.
Eclesiastés 5:19–20 (NTV) También es algo bueno recibir riquezas de parte de Dios y la buena salud para disfrutarlas. Disfrutar del trabajo y aceptar lo que depara la vida son verdaderos regalos de Dios. 20 A esas personas Dios las mantiene tan ocupadas en disfrutar de la vida que no pasan tiempo rumiando el pasado.
La Escritura dice que las riquezas vienen de parte de Dios. No somos la fuente de nuestra riqueza; somos administradores. La Biblia nunca nos manda a ser pobres, ni desempleados, ni perezosos.
Eclesiastés 10:18 (NTV) Por la pereza se hunde el techo; por el ocio gotea la casa.
Eclesiastés 4:5 (NTV) «Los necios se cruzan de brazos, y acaban en la ruina».
Debemos trabajar y ser productivos. La enseñanza es que el dinero no es malo en sí mismo… pero puede convertirse en un dios. Y ahí está el error.
El ajetreo sin descanso convierte el trabajo significativo en afán sin sentido y nos roba la paz.
Eclesiastés 4:6 (NTV) Sin embargo, «es mejor tener un puñado con tranquilidad que tener dos puñados con mucho esfuerzo y perseguir el viento».
Aquí aparece otra vez “hevel”. El trabajo es bueno, pero la cultura del vivir acelerado para conseguir algo es una trampa. Si tu búsqueda de éxito te roba el sueño y la paz, ya no es trabajo… es afán.
Eclesiastés 2:22–23 (NTV) Entonces, ¿qué gana la gente con tanto esfuerzo y preocupación en esta vida? 23 Sus días de trabajo están llenos de dolor y angustia, ni siquiera de noche pueden descansar la mente. Nada tiene sentido.
Eclesiastés 5:12 (NTV) La gente trabajadora siempre duerme bien, coma mucho o coma poco; pero los ricos rara vez tienen una buena noche de descanso.
Amar el dinero promete felicidad pero produce ansiedad e insatisfacción.
Eclesiastés 5:10–11 (NTV) Los que aman el dinero nunca tendrán suficiente. ¡Qué absurdo es pensar que las riquezas traen verdadera felicidad! 11 Cuanto más tengas, más se te acercará la gente para ayudarte a gastarlo. Por lo tanto, ¿de qué sirven las riquezas? ¡Quizás solo para ver cómo se escapan de las manos!
Otra vez aparece “hevel:: se escapan de las manos.
1 Timoteo 6:10 (NTV) Pues el amor al dinero es la raíz de toda clase de mal; y algunas personas, en su intenso deseo por el dinero, se han desviado de la fe verdadera y se han causado muchas heridas dolorosas.
El contentamiento crece cuando disfrutamos lo que tenemos en lugar de perseguir lo que nos falta.
Eclesiastés 6:9 (NTV) Disfruta de lo que tienes en lugar de desear lo que no tienes; soñar con tener cada vez más no tiene sentido, es como perseguir el viento.
La riqueza no puede comprar felicidad, pero lo que ya tienes sí puede disfrutarse. El contentamiento no es obtener lo que quieres; es disfrutar lo que ya tienes. Es un cambio de mentalidad: sé agradecido, no codicioso; sé presente, no vivas donde quisieras estar.
Lucas 12:15 (NTV) Y luego dijo: «¡Tengan cuidado con toda clase de avaricia! La vida no se mide por cuánto tienen».
Jesús luego cuenta una parábola sobre un hombre muy rico que acumuló tanto que decidió construir graneros más grandes para guardar todo y vivir confiado. Veremos el final en un momento.
Como no podemos llevarnos la riqueza, las verdaderas riquezas se encuentran en una relación con Dios.
Eclesiastés 5:15 (NTV) Todos llegamos al final de nuestra vida tal como estábamos el día que nacimos: desnudos y con las manos vacías. No podemos llevarnos las riquezas al morir.
Esto no es para deprimirte; es para liberarte. No hay carros fúnebres jalando remolques.
Eclesiastés 7:14 (NTV) Disfruta de la prosperidad mientras puedas, pero cuando lleguen los tiempos difíciles, reconoce que ambas cosas provienen de Dios. Recuerda que nada es seguro en esta vida.
1 Timoteo 6:6–8 (NTV) Ahora bien, la verdadera sumisión a Dios es una gran riqueza en sí misma cuando uno está contento con lo que tiene. 7 Después de todo, no trajimos nada cuando vinimos a este mundo ni tampoco podremos llevarnos nada cuando lo dejemos. 8 Así que, si tenemos suficiente alimento y ropa, estemos contentos.
Un segundo después de morir, tu valor neto es $0.00. Más vale tener otro tipo de riqueza. Ahora veamos el final de la parábola de Jesús que mencioné en la cuarta perspectiva:
Lucas 12:21 (NTV) »Así es, el que almacena riquezas terrenales pero no es rico en su relación con Dios es un necio».
Después de pasar toda su vida acumulando riquezas, cuando por fin pensó que ya tenía suficiente y era hora de disfrutarlo, Dios le dice que esa misma noche morirá. Todo lo que guardó no le servirá de nada. Así termina quien acumula para sí mismo y no es rico para con Dios.
El dinero es hevel. El Maestro nos recuerda que, por más real y útil que sea, sigue siendo vapor, aliento, viento, humo. Puedes verlo, tocarlo y usarlo, pero no puedes descansar en él. Es inestable, temporal e insuficiente para sostener tu identidad o tu seguridad.
El dinero puede ayudarte, pero no puede sostener tu alma. Puede resolver problemas, pero no puede sanar el corazón. Puede darte comodidad, pero no puede darte propósito. Es un buen regalo, pero un pésimo cimiento. Dios nos permite administrarlo, pero no fue diseñado para cargar el peso de nuestra esperanza.
En contraste, Dios es roca. Su presencia, su carácter y su pacto no cambian. Él es el único que puede ofrecer una vida que no se desvanece. Una relación rica con Dios es el terreno firme donde nuestra alma encuentra descanso, dirección y significado.
Dios es constante cuando todo lo demás cambia. Dios es suficiente cuando lo que poseemos no lo es. Dios es eterno cuando lo demás es temporal. Mientras el dinero se escapa entre los dedos, Dios sostiene nuestra vida con fidelidad. Mientras lo material se desgasta, su gracia se renueva cada mañana. Mientras lo terrenal se queda aquí, la vida con Dios trasciende lo que está bajo el sol.
Así que reconoce que el trabajo y la riqueza son buenos regalos de Dios, no la fuente de tu identidad. Rehúsa sacrificar la paz por perseguir más. Acepta que el dinero no puede dar felicidad. Aprende a disfrutar lo que ya tienes. Y recuerda que nada de esto nos lo llevamos.
Esa riqueza verdadera y eterna comienza cuando venimos a Jesús, el único que puede perdonar, restaurar y darnos una vida plena ahora y para siempre. Comienza cuando reconocemos que nada bajo el sol puede sostener nuestra alma, pero Cristo sí. Cuando dejamos de perseguir lo que se desvanece y abrazamos al único que permanece. Cuando entregamos nuestra vida a Aquel que dio la suya por nosotros.
Y hoy, Jesús te invita. Te llama por tu nombre. Te ofrece una vida nueva, un corazón nuevo y una esperanza que no se apaga. No importa tu pasado, tus errores, tus cargas o tus dudas. Él está aquí, listo para recibirte, perdonarte y hacerte suyo.
Si hoy quieres recibir esa riqueza eterna, esa vida plena que solo Jesús puede dar, puedes hacer esta oración conmigo:
“Señor Jesús, reconozco que te necesito. Creo que moriste por mis pecados y resucitaste para darme vida nueva. Hoy dejo atrás mi manera de vivir y te entrego mi corazón. Perdóname, límpiame y hazme tuyo. Te recibo como mi Señor y mi Salvador. Desde hoy quiero seguirte y vivir para ti. Gracias por darme una vida plena, ahora y para siempre. Amén.