La encarnación es la creencia central del cristianismo de que el Hijo eterno de Dios tomó naturaleza humana y se convirtió en hombre en la persona de Jesucristo. Este término proviene de la palabra latina que significa “hacerse carne”. Describe cómo la segunda persona de la Trinidad permaneció plenamente Dios mientras también se convirtió en plenamente humano. Esto no fue un disfraz temporal, sino una unión permanente que permitió a Jesús servir como el puente entre Dios y la humanidad.
El Verbo se hizo carne
Para entender la encarnación, debemos mirar el comienzo del evangelio de Juan. La Biblia identifica a Jesús como “el Verbo”, quien existía con Dios desde la eternidad pasada. No era un ser creado ni un ángel de alto rango. Más bien, era el mismo Creador. Cuando ocurrió la encarnación, este Verbo eterno entró en el tiempo y el espacio. No renunció a su divinidad para convertirse en hombre. En cambio, añadió humanidad a su deidad.
Esto significa que Jesús posee dos naturalezas distintas en una sola persona. Él es 100% Dios y 100% hombre. Porque es Dios, tiene el poder para salvarnos. Porque es humano, puede representarnos ante Dios. El evangelio de Juan describe este milagro con una sencillez profunda:
“Entonces la Palabra se hizo hombre y vino a vivir entre nosotros. Estaba lleno de amor inagotable y fidelidad. Y hemos visto su gloria, la gloria del único Hijo del Padre.” (Juan 1:14)
La encarnación nos muestra que Dios no es distante ni indiferente a nuestras luchas. No solo gritó instrucciones desde el cielo; se mudó al vecindario. Al tomar un cuerpo físico, Jesús experimentó todo lo que significa ser humano, incluyendo hambre, cansancio y tristeza. Esto lo convierte en un Salvador que realmente entiende nuestras vidas porque ha vivido los mismos desafíos que enfrentamos cada día.
Por qué la encarnación era necesaria
Quizás te preguntes por qué Dios eligió un camino tan radical. ¿Por qué no simplemente perdonar los pecados desde la distancia? La respuesta está en la naturaleza de la justicia y en la profundidad de nuestra condición caída. Como la humanidad fue quien pecó contra Dios, un ser humano tenía que pagar la pena por ese pecado. Sin embargo, ninguna persona común podría pagar una deuda infinita. Solo alguien que fuera humano e infinito al mismo tiempo podría lograr la reconciliación.
Jesús tenía que ser humano para poder morir, porque Dios en su forma espiritual pura no puede morir. También tenía que ser Dios para que su muerte tuviera valor infinito, suficiente para cubrir los pecados del mundo entero. Al convertirse en uno de nosotros, Jesús se convirtió en el “Segundo Adán”. Donde el primer Adán falló y trajo pecado al mundo, Jesús triunfó y trajo vida. Vivió la vida perfecta que nosotros debíamos vivir pero no pudimos.
“Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos».” (Marcos 10:45)
La encarnación también nos permite ver exactamente cómo es Dios. Antes de Jesús, las personas tenían descripciones de Dios, pero en Cristo tuvieron una demostración. Cuando miramos el carácter de Jesús —su compasión por los heridos, su odio por la hipocresía y su amor por los perdidos— estamos viendo directamente el corazón de Dios Padre. Él es la imagen visible del Dios invisible.
Conceptos erróneos comunes sobre Jesús
Muchas personas tienen dificultades para comprender cómo alguien puede ser Dios y hombre al mismo tiempo. Esto ha llevado a varios errores comunes a lo largo de la historia. Algunos sugieren que Jesús fue solo un buen maestro que fue “adoptado” por Dios. Otros piensan que era una figura parecida a un fantasma que solo parecía humano pero que no tenía un cuerpo físico real. La Biblia rechaza ambas ideas. Si Jesús no fue verdaderamente humano, su muerte en la cruz fue una ilusión. Si no fue verdaderamente Dios, su muerte fue impotente.
Otro error es pensar que Jesús “apagó” sus poderes divinos mientras estuvo en la tierra. Aunque Jesús eligió limitar el uso independiente de sus atributos divinos —es decir, vivió en dependencia del Espíritu Santo— nunca dejó de ser Dios. Incluso mientras dormía en la barca o lloraba en la tumba de un amigo, seguía siendo el sustentador del universo. La encarnación es el “Gran Intercambio” en el que el Rey de reyes cambió su trono por un pesebre para traernos de regreso a casa.
El apóstol Pablo explica esta hermosa humildad en su carta a los Filipenses. Anima a los creyentes a tener la misma actitud de Cristo, quien renunció a su estatus para servir a otros.
“Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre,” (Filipenses 2:6–7)
Este pasaje nos enseña que la encarnación fue un acto de humildad extrema. Jesús no perdió su divinidad; veló su gloria. Cambió la adoración de los ángeles por el rechazo de los hombres porque su amor por nosotros era mayor que su deseo de comodidad. Entender la encarnación cambia la manera en que vemos nuestro propio valor, porque muestra hasta dónde estuvo dispuesto Dios a llegar para alcanzarnos.
Enseñanza clave
La encarnación es la verdad fundamental de que Jesucristo es Dios en carne humana. Es el momento en que el Creador se unió a su creación para rescatarla del pecado y de la muerte. Al convertirse en hombre, Jesús se convirtió en el mediador perfecto que entiende nuestras debilidades y posee el poder para perdonar nuestros pecados. Gracias a la encarnación, no tenemos que preguntarnos cómo es Dios o si le importamos; solo tenemos que mirar a Jesús.
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