La Biblia enseña que Jesús no dejó de ser Dios cuando vino a la tierra. Aunque asumió una naturaleza humana y vivió como un hombre real, nunca renunció a su esencia divina. Los teólogos llaman a esto la “unión hipostática”, que significa que Jesús es plenamente Dios y plenamente hombre al mismo tiempo. Él voluntariamente dejó a un lado su gloria celestial y ciertos privilegios divinos para servirnos, pero siguió siendo Dios durante toda su vida terrenal.
El misterio de la encarnación
Para entender si Jesús siguió siendo Dios, debemos mirar la Encarnación. Este término se refiere al momento en que el Hijo eterno de Dios tomó carne humana. Cuando Jesús nació en Belén, no intercambió su divinidad por humanidad. Más bien, añadió humanidad a su divinidad. Se convirtió en algo que nunca había sido —un hombre— sin dejar de ser lo que siempre ha sido —Dios—.
Este cambio no fue una resta de su naturaleza, sino una adición de una naturaleza humana. Se convirtió en un puente entre el cielo y la tierra. Porque siguió siendo Dios, tenía el poder para salvarnos. Porque se hizo hombre, podía representarnos. El evangelio de Juan lo deja claro desde el principio:
“En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. El que es la Palabra existía en el principio con Dios… Entonces la Palabra se hizo hombre y vino a vivir entre nosotros. Estaba lleno de amor inagotable y fidelidad. Y hemos visto su gloria, la gloria del único Hijo del Padre.” (Juan 1:1–2, 14)
¿Qué fue lo que Jesús dejó a un lado?
La confusión común viene de Filipenses, donde dice que Jesús “se vació a sí mismo”. Algunos piensan erróneamente que esto significa que dejó de ser Dios o que renunció a sus “poderes divinos”. Pero el contexto muestra que Jesús renunció a su estatus y privilegios, no a su naturaleza.
En la tierra, Jesús eligió no usar sus atributos divinos para su propio beneficio. Experimentó hambre, sed y cansancio. Dependió del Espíritu Santo y de la oración al Padre. Cambió su corona por una cruz y su trono por un pesebre. Renunció al uso independiente de sus atributos divinos, pero esos atributos seguían presentes en su persona. Seguía siendo el Creador del universo incluso mientras dormía en la barca.
“Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre, se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales.” (Filipenses 2:6–8)
Pruebas de Su divinidad en la tierra
Si Jesús hubiera dejado de ser Dios, no habría podido hacer las cosas que hizo durante su ministerio. A lo largo de los evangelios vemos destellos de su identidad divina atravesando su exterior humano. Él perdonó pecados, algo que solo Dios puede hacer. Aceptó la adoración de sus discípulos, algo que cualquier simple hombre o ángel habría prohibido estrictamente.
Jesús también reclamó para sí el mismo nombre de Dios. Cuando les dijo a los líderes religiosos: “Antes que Abraham naciera, YO SOY”, estaba usando el nombre sagrado que Dios le dio a Moisés en la zarza ardiente. Las personas que lo escuchaban entendieron perfectamente lo que quiso decir, porque tomaron piedras para matarlo por declararse Dios. Jesús no solo realizó milagros; los hizo con su propia autoridad. Mostró poder sobre la naturaleza, los demonios, las enfermedades y aun sobre la muerte misma.
Por qué importa Su divinidad
Esta no es una discusión teórica; es el corazón del evangelio. Si Jesús hubiera dejado de ser Dios, su muerte habría sido la muerte de un hombre bueno, pero no suficiente para pagar por los pecados del mundo. Un pecado infinito requiere un Salvador de valor infinito. Solo un Salvador plenamente Dios puede satisfacer la justicia perfecta de Dios. Solo un Salvador plenamente hombre puede morir en lugar de los humanos. Al seguir siendo Dios y hacerse hombre, Jesús se convirtió en el mediador perfecto.
“Pues en Cristo habita toda la plenitud de Dios en un cuerpo humano.” (Colosenses 2:9)
Enseñanza clave
Jesús no dejó de ser Dios cuando vino a la tierra; simplemente veló su gloria en un cuerpo humano. Siguió siendo el Creador soberano mientras vivía como siervo humilde, asegurando así que su sacrificio pudiera salvarnos y su vida pudiera guiarnos.
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