Hoy terminamos nuestra serie “No me mandas”. Durante estas semanas hemos hablado de los malos jefes que Satanás usa para robar, matar y destruir: la culpa, el miedo, la amargura y la prisa. Hoy llegamos al último de esos jefes tóxicos: la comparación.
La comparación es como tener un hermano gemelo. Siempre está ahí, jugando el juego de quién es mejor: quién saca mejores notas, quién corre más rápido, quién llama más la atención. Pero no necesitas ser gemelo para entender el poder de la comparación. Todos la hemos sentido cuando escuchamos a mamá o papá elogiar a nuestro hermano, cuando visitamos una casa más bonita que la nuestra, cuando nos pasan por alto para una promoción o cuando abrimos las redes sociales y vemos la vida “perfecta” de alguien más.
Hoy lo llamamos “el juego de la comparación”. La palabra antigua es “codicia”. Le pasó a Adán y Eva cuando desearon lo que Dios no les había dado. Le pasó a Caín cuando comparó su ofrenda con la de Abel. Y es tan serio que Dios lo incluyó en los Diez Mandamientos. Te doy una definición:
Codicia es el sentimiento de disgusto o tristeza por el bien o la suerte de otro, acompañado del deseo de poseerlo.
Esta es, de hecho, la definición que ofrece el Diccionario Clave/Vox para la palabra “envidia”. En esencia, es la misma cosa que codicia. Pero surge una pregunta importante: ¿cuál es ese “bien o suerte” del que habla la definición? Puede ser éxito, posesiones o cualidades. Todos tenemos algo que mirar en otros y pensar: “¿Por qué ellos sí y yo no?”
Para mí, por ejemplo, siendo sincero, ese “bien o suerte” a veces se manifiesta en posesiones, como tener una buena cuenta bancaria como otros, o un carro nuevo. Otras veces aparece en cualidades: ser un poco más alto y haber podido ser profesional en básquetbol. Y claro, uno se pregunta: “¿Por qué los altos sí y yo no?”
Ahora bien, no dejo que esto me lleve al extremo de deprimirme o permitir que mi corazón se llene de amargura. Pero reconozco que la envidia es un problema tan fundamental, tan humano, que Dios lo incluyó en la lista de los Diez Mandamientos. No es un pecado menor; es una raíz que, si no se trata, puede destruir la paz del corazón y contaminar nuestras relaciones.
Éxodo 20:17 (NTV) »No codicies la casa de tu prójimo. No codicies la esposa de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su burro, ni ninguna otra cosa que le pertenezca».
Nota que cuando Dios habla del “prójimo” en el décimo mandamiento, no se refiere al multimillonario de la televisión. Está hablando de tu vecino, de la gente real que vive cerca de ti y de lo que ellos tienen: su casa, su esposa o sus relaciones, su siervo o su éxito profesional, su buey o burro, es decir, sus posesiones… y cualquier otra cosa que esté en su vida. El problema hoy es que las redes sociales han ampliado nuestro vecindario. Ya no tenemos unos cuantos prójimos; ahora tenemos miles de ellos, todos disponibles para compararnos en cualquier momento.
Este mandamiento es peculiar porque es interno. La mayoría de los mandamientos —ocho de los diez— son externos y medibles. Pero el primero y el décimo son internos y vienen del corazón. Enmarcan toda la Ley. El primero pregunta: “¿A quién adoras?” El décimo pregunta: “¿Qué deseas?” Ambos revelan que Dios no solo quiere nuestras acciones; quiere nuestro corazón.
En la ley estadounidense, y en la mayoría de los gobiernos modernos, los pensamientos no se castigan. En latín existe una frase clásica: Cogitationis poenam nemo patitur —nadie es castigado por pensar. No existe un “rayos X del alma”. No se puede probar un pensamiento más allá de toda duda razonable. Nuestro mundo interno se considera una jurisdicción privada donde el Estado no tiene autoridad, y eso es algo bueno. Por eso libros como 1984 de Orwell imaginaron la “Policía del Pensamiento” y el “crimen de pensamiento”. En esa historia, el Estado no solo quiere que dejes de odiar al Gran Hermano; quiere reconfigurar tu mente hasta que lo ames de verdad, desde adentro. Es escalofriante.
Algo similar aparece en Minority Report, donde existe un sistema de “precrimen”. Los precogs pueden ver el futuro, así que la policía arresta a personas por asesinatos que aún no han cometido. El sistema castiga la intención antes del acto. En Estados Unidos no castigamos la codicia; de hecho, la promovemos con la publicidad. Ese es el secreto del marketing: hacer que quieras lo que no tienes. Cómpralo o fínancialo. Pero si lo robas… estás frito.
La sabiduría antigua, sin embargo, dice lo contrario: no codicies. Es una pendiente resbaladiza. El décimo mandamiento es el último de los Diez, pero no fue dado para establecer una “Policía del Pensamiento” en Israel. Para casi todos los demás mandamientos —robo, asesinato, adulterio— la Torá especificaba un castigo. Para la codicia, no hay ninguna pena prescrita. El décimo mandamiento funcionaba como una valla que protegía a los demás. Si detienes el deseo, nunca llegas al acto de robar o cometer adulterio. Por eso este mandamiento es, en cierto sentido, un antiguo “consejo de vida”: detén el deseo y detendrás el pecado. Pero surge la pregunta inevitable: ¿cómo detengo el deseo? Jesús da la respuesta.
Mateo 6:22-23 (NTV) »Tu ojo es como una lámpara que da luz a tu cuerpo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está lleno de luz; 23 pero cuando tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo está lleno de oscuridad. Y si la luz que crees tener en realidad es oscuridad, ¡qué densa es esa oscuridad!
En este pasaje, Jesús está hablando de acumular tesoros. Es, en realidad, un comentario directo sobre el décimo mandamiento. De hecho, Él acaba de decir: “No acumulen tesoros aquí en la tierra… porque donde esté tu tesoro, allí estarán también los deseos de tu corazón”. Jesús menciona la casa, la esposa, el siervo, el buey o el burro, y cualquier otra cosa que pertenezca a tu prójimo.
De pronto, cambia el enfoque y empieza a hablar de los ojos. Es como si dijera: “¿Te das cuenta? Lo que miras, en lo que te enfocas, lo que consumes con tus ojos… eso se convierte en el deseo de tu corazón”. Y ahí está la conexión directa con el décimo mandamiento: la codicia.
El problema es que Jesús no se queda solo en el deseo. Él lleva la conversación a un nivel más profundo. En Mateo 6:24 dice: “Nadie puede servir a dos amos”. Eventualmente, lo que deseas se convierte en tu dios. Es la conexión perfecta entre el mandamiento número diez y el número uno. Jesús lo simplifica todo. Lo hemos dicho durante esta serie: no se trata de ser nuestros propios jefes, sino de rendir el trono a Jesús, el único Jefe Bueno. Él sí nos puede mandar.
Cuando estamos constantemente enfocados en lo que tiene nuestro prójimo, cuando deslizamos el dedo por el teléfono deseando tener esa vida, esa esposa, ese carro, nuestros ojos se vuelven malos y “todo nuestro cuerpo se llena de oscuridad”. Jesús no está exagerando; está describiendo una realidad espiritual que experimentamos todos los días. La Biblia ya lo había advertido.
Proverbios 14:30 (NTV) La paz en el corazón da salud al cuerpo; los celos son como cáncer en los huesos.
El flujo de contenido está diseñado para no tener fin, usando patrones de recompensa variable muy parecidos a una máquina tragamonedas. La persona promedio pasa ahora alrededor de 2 horas y 40 minutos al día específicamente en redes sociales. Para la Generación Z, el uso diario ha subido a 4 horas, y los adolescentes en Estados Unidos promedian cerca de 4.8 horas al día. Los estudios muestran que usar redes sociales más de 3 horas al día está vinculado a un riesgo dos veces mayor de desarrollar síntomas de ansiedad y depresión.
El décimo mandamiento, puesto en términos simples, dice: “No mires lo que tiene tu prójimo”. Pero las redes sociales nos dicen lo contrario: “Mira lo que todos tienen, todo el tiempo, para siempre”. Y la verdad es que, si dejas de deslizar tu dedito para ver tanto contenido en las redes sociales, encontrarás más paz. No porque las redes sean malas en sí mismas, sino porque alimentan un deseo que nunca se sacia y que termina robando la alegría del corazón. Así que, pongámonos prácticos:
Cómo despedir al mal Jefe de la comparación.
- Paso 1: Confiesa el pecado de la codicia.
Es interno. Nadie te va a arrestar. Pero tú sabes que está ahí. Díselo a Dios. Él ya lo sabe así que sé específico.
- Paso 2: Agradece a Dios por su generosidad hacia tu prójimo.
No solo por su casa, sino también por su esposa y sus relaciones, por su siervo o su éxito profesional, por su buey o burro, o sea sus posesiones, y por cualquier otra cosa que él tenga. La invitación es sencilla pero profundamente transformadora: reconoce la bondad y la provisión de Dios en la vida de tu prójimo, incluso cuando Él no te lo haya dado a ti. Ese acto de gratitud desarma la comparación, sana el corazón y te recuerda que Dios sigue siendo bueno contigo también.
- Paso 3: Agradece a Dios por su generosidad hacia TI.
Agradece a Dios por su generosidad hacia ti. Tú también tienes bienes, bendiciones y provisiones que muchas veces pasas por alto. Haz una lista de todo lo que Dios ya te ha dado y llévala en oración. Ese simple acto de reconocer Su mano en tu vida cambia la perspectiva, calma el corazón y te recuerda que no necesitas lo que otros tienen para vivir en plenitud.
- Paso 4: Salte de las redes sociales.
Inténtalo. Desintoxícate y verás cómo tu vida mejora. Deja de mirar lo que otros supuestamente tienen y enfócate en lo que tú tienes y no valoras. A veces, lo único que necesitas para recuperar la paz es cerrar la aplicación, levantar la mirada y recordar que Dios ya ha sido bueno contigo.
De vez en cuando, la codicia quiere colarse en mi corazón, porque algunos de mis vecinos tienen mejor carro que yo; y mi van, cada vez que la enciendo, hace un ruido atroz, como si los frenos no sirvieran. Pero en lugar de dejar que eso me amargue, lo que hago es agradecer a Dios por Su generosidad, tanto hacia ellos como hacia mí. Esa simple práctica cambia mi perspectiva. En vez de molestarnos o amargarnos por lo que otros tienen, deberíamos invitarlos a seguir a un mejor Jefe: Jesús.
Cerremos con nuestro versículo de toda la serie:
Juan 10:10 (NTV) El propósito del ladrón es robar y matar y destruir; mi propósito es darles una vida plena y abundante.
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