La semana pasada hablamos de la naturaleza divina de Jesús. Recordamos que Él es el Hijo eterno, el heredero de todo, el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de su ser. Afirmamos que Jesús es Dios verdadero: no fue creado, sino que es el Creador, Sustentador y Gobernador del universo. También vimos que Él es nuestro Sumo Sacerdote, el que quitó nuestro pecado.
Pero hoy entramos a un misterio igual de profundo: el Dios eterno decidió hacerse humano. Jesús no siempre tuvo una naturaleza humana. Él existía —y existe— eternamente como Dios, pero en un momento específico de la historia asumió una naturaleza humana sin dejar de ser Dios. A esto la iglesia le ha llamado por siglos “la encarnación”: Dios haciéndose carne.
Y es importante no confundirlo con la reencarnación, que no es una enseñanza bíblica. También hablamos de la unión hipostática: la verdad de que Jesús es una sola persona con dos naturalezas completas, divina y humana. No es mitad Dios y mitad hombre; Él es 100% Dios y 100% hombre al mismo tiempo.
Y entonces surge la pregunta: ¿por qué? ¿Por qué el Dios eterno decidió entrar en nuestra carne, en nuestra historia, en nuestra fragilidad? Hebreos 2:14–18 nos da siete razones profundas y transformadoras que explican este misterio. Hoy quiero compartir contigo estas siete razones.
Jesús tuvo que hacerse humano porque nosotros somos humanos.
Hebreos 2:14 (NTV) Debido a que los hijos de Dios son seres humanos—hechos de carne y sangre—el Hijo también se hizo de carne y sangre. Pues solo como ser humano podía morir y solo mediante la muerte podía quebrantar el poder del diablo, quien tenía el poder sobre la muerte.
Dios no nos salvó desde lejos. No envió un ángel, no envió un espíritu, no envió simplemente una idea. Él vino personalmente. Para salvar a los seres humanos, Él se hizo uno de nosotros. Esto nos revela algo precioso: Dios no se avergüenza de nuestra humanidad. Él la abrazó, Él la tomó y Él la santificó.
Además, al hacerse humano pudo identificarse plenamente con nosotros. Como dice Hebreos 4:15, Él comprende nuestras debilidades porque también pasó por cada una de las pruebas que nosotros enfrentamos. Jesús no observa nuestro sufrimiento desde afuera; lo conoce desde adentro. Y por eso puede acompañarnos, sostenernos y socorrernos con compasión perfecta.
Jesús tuvo que hacerse humano para poder morir.
Hebreos 2:14b (NTV) …Pues solo como ser humano podía morir…
Dios, en su naturaleza divina, no puede morir. La muerte no tiene poder sobre Él. Entonces surge la pregunta: ¿cómo podía morir por nosotros? Solo había una manera: tomar un cuerpo humano. Jesús nació para morir. Su humanidad fue el instrumento de nuestra redención.
La cruz no fue un accidente. Fue el propósito de la encarnación. En otras palabras, la razón por la que Jesús se hizo carne, la razón por la que tomó forma humana, fue precisamente para poder entregar su vida en nuestro lugar. La encarnación no fue un adorno teológico; fue el camino necesario para nuestra salvación.
Jesús tuvo que hacerse humano para destruir el poder de la muerte.
Hebreos 2:14b (NTV) …y solo mediante la muerte podía quebrantar el poder del diablo, quien tenía el poder sobre la muerte.
El texto dice que por medio de la muerte, Jesús destruyó al que tenía el imperio de la muerte. La muerte era el arma más grande del enemigo: era su territorio, su fortaleza, su dominio. Pero Jesús entró en la muerte como un guerrero que se adentra en la cueva del dragón… y salió victorioso. La muerte perdió su aguijón, el enemigo perdió su poder y la tumba perdió su victoria.
Y gracias a ese hecho glorioso, ahora podemos vivir con confianza. Sabemos que un día viviremos para siempre con Jesús en el cielo. Un día resucitaremos de entre los muertos para estar con nuestro Salvador para siempre.
Jesús tuvo que hacerse humano para liberarnos del temor a la muerte.
Hebreos 2:15 (NTV) Únicamente de esa manera el Hijo podía libertar a todos los que vivían esclavizados por temor a la muerte.
La muerte es el miedo más profundo del ser humano. No importa la cultura, la edad o la época: la muerte siempre ha sido un tirano que nos persigue y nos recuerda nuestra fragilidad. Pero Jesús vino precisamente a romper esas cadenas. Cuando sabes que Jesús venció la muerte, cuando sabes que Él te espera al otro lado, cuando sabes que tu vida está escondida en Él, el miedo pierde su fuerza.
Los cristianos no somos personas sin dolor, pero sí somos personas sin desesperación. Tenemos una esperanza viva: aunque muramos, nos espera una vida eterna. Por eso no tenemos que temerle al morir. A través de Cristo, la muerte se convierte simplemente en un pasaje hacia algo mejor. Como dice un canto antiguo, será “un breve dormir a un hermoso despertar”.
Jesús tuvo que hacerse humano para ser nuestro Sumo Sacerdote
Hebreos 2:17a (NTV) Por lo tanto, era necesario que en todo sentido él se hiciera semejante a nosotros, sus hermanos, para que fuera nuestro Sumo Sacerdote fiel y misericordioso, delante de Dios.
Aquí no entraremos todavía en el sacerdocio y el pacto —eso vendrá después—, pero sí necesitamos entender algo fundamental: un sacerdote representa al pueblo delante de Dios. Para representarnos, Jesús tenía que ser como nosotros. Tenía que sentir lo que sentimos, vivir lo que vivimos y experimentar la vida humana desde adentro. Si Él no hubiera asumido nuestra humanidad, no habría verdadera justicia, porque nos juzgaría únicamente desde Su perspectiva santa como Dios, una perspectiva perfecta, pura y sin debilidad.
Pero al hacerse humano, Jesús entró en nuestra condición. Conoció nuestras limitaciones, nuestras lágrimas, nuestras tentaciones y nuestro dolor. Por eso Su juicio es justo, Su compasión es real y Su intercesión es misericordiosa. Solo así podía ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel.
La palabra “necesario” es clave. No es opcional, no es simbólico, no es decorativo. Sin humanidad, no habría representación justa.
Jesús tuvo que hacerse humano para ser nuestro sacrificio.
Hebreos 2:17b (NTV) Entonces podría ofrecer un sacrificio que quitaría los pecados del pueblo.
El sacerdote ofrece sacrificios… pero Jesús no solo es el sacerdote: Él es también el sacrificio. En el Antiguo Testamento, cada año el sumo sacerdote tomaba un cordero sin defecto y lo ofrecía por los pecados del pueblo en el Día de la Expiación. Ese animal llevaba simbólicamente la culpa del pueblo, pero no podía quitar el pecado de verdad. Era un sistema repetitivo, temporal e incompleto. Hebreos 10:4 lo afirma con claridad: “Pues no es posible que la sangre de los toros y las cabras quite los pecados.” Aquellos sacrificios solo cubrían, nunca limpiaban; solo apuntaban hacia algo mayor.
Por eso Jesús vino. Él no ofreció la sangre de un animal; ofreció la suya. Para entregar Su vida, necesitaba un cuerpo. Para derramar sangre real, necesitaba carne y hueso. La encarnación fue el camino hacia la cruz, y la cruz fue el camino hacia nuestra salvación. Jesús es el sacrificio perfecto, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No lo hace una vez al año, no lo hace simbólicamente: lo hizo una vez y para siempre. Su sacrificio no cubre el pecado; lo borra, lo limpia, lo cancela y lo vence.
Por eso ya no necesitamos más corderos, ya no necesitamos más altares, ya no necesitamos más sangre derramada. Cristo lo cumplió todo. Él es el sacerdote… y también el sacrificio.
Jesús tuvo que hacerse humano para ayudarnos en nuestras pruebas.
Hebreos 2:18 (NTV) Debido a que él mismo ha pasado por sufrimientos y pruebas, puede ayudarnos cuando pasamos por pruebas.
Este es uno de los versículos más tiernos de toda la Biblia. Jesús no solo sabe intelectualmente lo que es sufrir; Él lo vivió, lo sintió y lo cargó. Recordemos la angustia que experimentó en Getsemaní, el dolor que sintió por la muerte de Lázaro, la compasión que tuvo al ver a la multitud sin pastor y la tentación que enfrentó en el desierto. Él no aprendió del sufrimiento desde la distancia, sino desde la experiencia.
Por eso, cuando tú lloras, Él entiende. Cuando eres tentado, Él comprende. Cuando estás cansado, Él te acompaña. Cuando te sientes solo, Él te sostiene. Jesús no es un Salvador distante; Él está a tu lado en cada situación. Y Su Espíritu Santo vive dentro de ti para consolarte, corregirte, guiarte y fortalecerte.
Jesús sigue siendo Dios y hombre para siempre. Después de resucitar, Jesús no dejó su humanidad. La Biblia muestra que Él resucitó con un cuerpo real, no simbólico ni temporal. Después de resucitar, Jesús comió (Lucas 24:42–43), mostró sus heridas (Juan 20:27) y declaró: “los fantasmas no tienen cuerpo, como ven que yo tengo” (Lucas 24:39). Además, 1 Timoteo 2:5 afirma: “Hay un Dios y un Mediador que puede reconciliar a la humanidad con Dios, y es el hombre Cristo Jesús.” Esto significa que Su humanidad no fue descartada. Él sigue siendo Dios y hombre eternamente.
¿Por qué importa esto? Porque un Dios que no es humano no podría representarnos, y un humano que no es Dios no podría salvarnos. Pero Jesús es ambas cosas. Y por eso nuestra salvación es segura, completa y eterna.
¿Qué significa esto para nosotros hoy? Significa que no estás solo en tu sufrimiento. No estás sin esperanza ante la muerte. No estás sin ayuda en tus pruebas y tentaciones. No estás sin un representante delante de Dios. No estás sin un Salvador que te entiende profundamente. Jesús se hizo humano por amor, y ese amor sigue activo hoy.
Y si tú no lo conoces o no lo has aceptado como el Salvador de tu vida, hoy puede ser ese día. Ya has escuchado la verdad de por qué Jesús decidió dejar Su trono y Su lugar como Dios en el cielo para venir a salvarte. La respuesta correcta a ese sacrificio es decir: “Sí, Jesús, te acepto como mi Salvador y Señor.”
Si deseas recibirle, puedes repetir conmigo esta oración:
Jesús, reconozco que viniste a dar tu vida en la cruz por mí.
Reconozco que soy pecador y que te necesito.
Sálvame de mi pecado.
Te acepto como mi Salvador y te entrego el señorío de mi vida.
Ahora, ayúdame a caminar contigo. Amén.
Si hiciste esta oración y quieres saber más de Jesús, lee la Biblia y busca una iglesia que sea Cristo céntrica.