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Puntos de conversación:
- Salomón probó el entretenimiento, el alcohol, las posesiones, la riqueza, el sexo y el éxito, y descubrió que nada de eso lo satisfizo. Eclesiastés 2:1–10
- La caminadora hedónica explica por qué el placer siempre exige ‘más’ pero nunca trae plenitud. Eclesiastés 2:11
- El ascetismo es el error opuesto: negar los buenos regalos de Dios en lugar de recibirlos con gratitud. Génesis 2:8–9
- El placer es un regalo de Dios, no un dios que deba reemplazarlo a Él. Eclesiastés 3:12–13
- La verdadera satisfacción se encuentra en Jesús, quien ofrece una vida rica y plena más allá de los placeres temporales. Juan 10:9–10
Estamos en la segunda semana de nuestra serie en Eclesiastés, y seguimos explorando este libro tan honesto y profundo. La primera semana dijimos que Eclesiastés es una respuesta realista a la simplicidad de Proverbios. Mientras que Proverbios, en principio, enseña: “Haz esto y recibirás aquello”, Eclesiastés responde: “La vida no es tan simple.”
Aprendimos dos palabras hebreas clave: Qohelet, que significa “El Maestro”, y Hevel, que se traduce como “vapor” o “sin sentido”. El punto central fue que la vida “debajo del sol” decepciona, pero fuimos hechos para más. La segunda semana hablamos del dinero. Hoy profundizamos en el tema del placer.
En la mitología griega, Hedoné era la diosa del placer, hija de Eros. De allí viene el término “hedónico”, que se refiere al placer sensorial y momentáneo. Esto contrasta con la satisfacción profunda y duradera que en griego se llama “eudaimonía”. También de Hedoné proviene la palabra hedonismo, la creencia de que el placer es el bien supremo y el objetivo principal de la vida humana. Un hedonista vive bajo el código: “Si se siente bien, hazlo; si duele, evítalo.” Muy parecido a la manera en que vivimos hoy, ¿no te parece?
La ironía del hedonismo es que mientras más persigues el placer, más se te escapa. A esta paradoja se le llama la caminadora hedónica, una imagen que describe cómo corremos tras el placer sin llegar nunca a la satisfacción real.
La caminadora hedónica explica por qué el placer siempre exige ‘más’ pero nunca trae plenitud.
Funciona así: alcanzas algo y tu felicidad sube. Pero cuando la euforia del momento baja, quedas insatisfecho. Luego vuelves a tu línea base… y vas tras otra cosa. Así comienza un ciclo vicioso que se repite una y otra vez.
Primero viene la búsqueda. Puede ser algo “bueno”, como un ascenso, una casa nueva o una relación ideal; o puede ser algo destructivo, como drogas, pornografía o apuestas. Después llega el logro: lo alcanzas, sientes un subidón de euforia, y por un momento la vida se siente más brillante, más emocionante.
Luego aparece la adaptación. Después de unas semanas o meses, lo extraordinario se vuelve ordinario. Tu cerebro se acostumbra al nuevo nivel y deja de producir la misma respuesta emocional.
Y aquí ocurre algo importante: esto crea un déficit de dopamina. Cuando tu cerebro se adapta y deja de sentir el mismo nivel de placer, la dopamina baja y entras en un estado de déficit que te impulsa a seguir buscando más placer. Ese ciclo —buscar, lograr, adaptarse, acelerar— es lo que con tanta frecuencia termina llevando a las adicciones.
Lo curioso es que, miles de años antes de que los neurocientíficos hablaran de los “déficits de dopamina”, el rey Salomón llevó a cabo el experimento humano más costoso de la historia para ver si el placer podía satisfacer el alma.
Salomón probó el entretenimiento, el alcohol, las posesiones, la riqueza, el sexo y el éxito, y descubrió que nada de eso lo satisfizo.
Salomón está en busca del placer, como la mayoría de la humanidad. Por eso inicia una serie de experiencias —o podríamos llamarlas experimentos— para descubrir dónde podía encontrarlo y qué realmente lo hacía feliz. Cada intento es un esfuerzo por llenar el vacío interior, una prueba más en su búsqueda por una vida que tenga sentido.
#1 – El experimento del entretenimiento
Eclesiastés 2:1–2 (NTV) Me dije: «Vamos, probemos los placeres. ¡Busquemos “las cosas buenas” de la vida!»; pero descubrí que eso también carecía de sentido. 2 Entonces dije: «La risa es tonta. ¿De qué sirve andar en busca de placeres?».
Salomón prueba el placer y la risa, pero descubre que también son hevel. Son vanidad: se evaporan, no tienen sustancia, no sostienen el alma. Y si miras a tu alrededor, verás lo mismo. Todos buscan entretenimiento.
La industria de la comedia mueve más de veinte mil millones de dólares al año porque la gente quiere reír, aunque sea por un momento. Pero después regresan a su rutina y vuelven a sentirse vacíos. Es un experimento fallido. El entretenimiento no da la felicidad. Así que Salomón pasó al alcohol, buscando en otro lugar lo que la risa tampoco pudo darle.
#2 – El experimento del alcohol
Eclesiastés 2:3 (NTV) Después de pensarlo bien, decidí alegrarme con vino. Y mientras seguía buscando sabiduría, me aferré a la insensatez. Así traté de experimentar la única felicidad que la mayoría de la gente encuentra en su corto paso por este mundo.
Busco la felicidad en la bebida. ¿Te suena familiar? Salomón hace exactamente eso: prueba la bebida buscando alegría sin perder la sabiduría. Pero es una contradicción absurda. ¿Qué borracho puede ser sensato? Él mismo lo reconoce cuando dice: “Y mientras seguía buscando sabiduría, me aferré a la insensatez.”
Salomón no ha sido —ni es— el único en buscar significado y felicidad en la bebida. La industria del alcohol genera más de seiscientos mil millones de dólares al año. Y cuántas personas han destruido sus vidas allí: han perdido hogares, trabajos, relaciones, oportunidades… y aun así siguen vacíos, incluso peor que cuando empezaron.
El Maestro, Salomón, al darse cuenta de que tampoco la bebida le daba felicidad ni sentido, dirigió su búsqueda hacia las posesiones. En este punto, pasó por dos fases distintas en su vida: una de adquisición y otra de acumulación.
#3 – El experimento de adquisición
Eclesiastés 2:4–6 (NTV) También traté de encontrar sentido a la vida edificándome enormes mansiones y plantando hermosos viñedos. 5 Hice jardines y parques, y los llené con toda clase de árboles frutales. 6 Construí represas para juntar agua con la cual regar todos mis huertos florecientes.
En esta fase de adquisición, Salomón se dedica a obtener cosas. Construye, compra, crea y acumula. Son proyectos, propiedades y bienes tangibles: sistemas de riego, viñedos, jardines y huertos, casas y mansiones. Prácticamente se convierte en un inversionista en bienes raíces.
Y, por cierto, no es casualidad que esto suene tan familiar. Hoy en día, el sector de bienes raíces es uno de los más grandes de la economía de Estados Unidos y el principal motor de la riqueza nacional. El mercado de vivienda tiene un valor estimado de 52 billones de dólares y genera más de un billón anual en rentas, comisiones y servicios relacionados.
Pero ni siquiera todo eso le dio satisfacción. Así que pasó al siguiente experimento en su búsqueda de significado.
#4 – El experimento de acumulación
Pareciera que esta fase es lo mismo que la anterior, pero no lo es. Aquí Salomón se enfoca en cosas que se construyen, se compran o se poseen físicamente. Es el experimento de los bienes y raíces, de la propiedad, de lo visible. En esta etapa entran casas, viñedos, huertos, proyectos de construcción y todo aquello que puede tocarse, medirse o mostrarse.
¿Y qué representa esto hoy? Prácticamente lo mismo: bienes y raíces. Comprar casas, remodelar, invertir en propiedades, construir negocios, obtener “cosas grandes”. La misma lógica, solo con un lenguaje moderno. Y detrás de este experimento hay una mentira muy seductora: “Si tengo más cosas, seré feliz.” Pero la conclusión de Salomón es contundente: puedes tener todo lo que se puede comprar… y aun así sentirte vacío.
Ahora bien, en el experimento de acumulación, Salomón cambia de enfoque. Ya no está adquiriendo cosas; ahora está acumulando recursos, riqueza y personas. Este es el experimento de los activos, de los “assets”, de aquello que produce, genera o sostiene estatus y poder.
Eclesiastés 2:7–8 (NTV) Compré esclavos y esclavas, y otros nacieron en mi propiedad. También tuve enormes manadas y rebaños, más que cualquiera de los reyes que vivieron en Jerusalén antes que yo. 8 Junté grandes cantidades de plata y de oro, el tesoro de muchos reyes y provincias. Contraté cantores estupendos, tanto hombres como mujeres, y tuve muchas concubinas hermosas. ¡Tuve todo lo que un hombre puede desear!
Entonces, Salomón acumula esclavos, ganado, plata y oro, tesoros de reyes —lo que hoy llamaríamos inversiones—, además de cantores y concubinas, que veremos en el siguiente experimento. Esta fase ya no trata de adquirir cosas, sino de acumular recursos, riqueza y personas para construir una vida de poder, estatus y seguridad.
¿Y qué representa esto hoy? Los “esclavos” serían empleados o personal a nuestro servicio. El “ganado” sería capital productivo. La plata y el oro equivaldrían a riqueza líquida. Los tesoros de reyes serían nuestras inversiones, ahorros y cuentas bancarias. En resumen: influencia, seguidores, estabilidad financiera y la sensación de seguridad.
Pero detrás de este experimento hay una mentira muy poderosa: “Si acumulo suficiente, estaré seguro.” Sin embargo, la conclusión de Salomón es clara. Puedes tener todo lo que se puede acumular para obtener estatus, seguridad y poder… y aun así sentirte inseguro, ansioso y vacío.
Pasemos ahora a la última parte del versículo 8, donde vemos el siguiente paso en su búsqueda.
#5 – El experimento sensorial
Lo sensorial se refiere a todo lo que se percibe a través de los sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Es cualquier experiencia que entra por el cuerpo y produce una impresión física o emocional.
Si el experimento de adquisición tenía que ver con bienes y raíces, y el experimento de acumulación con bienes, riqueza y personas, entonces el experimento sensorial es el experimento del placer, del cuerpo, de todo lo que entra por los sentidos y promete satisfacción inmediata.
Eclesiastés 2:8b (NTV) 8…Contraté cantores estupendos, tanto hombres como mujeres, y tuve muchas concubinas hermosas. ¡Tuve todo lo que un hombre puede desear!
Este experimento incluye todo lo que produce sensaciones físicas o emocionales: música, entretenimiento, placer sexual —concubinas y esposas secundarias legales—, festividades, banquetes, aromas, sabores y experiencias. Según 1 Reyes 11, Salomón tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas.
En otras palabras, todo lo que “se siente rico”. Por eso podemos llamar a esta etapa el experimento del hedonismo, la filosofía que afirma: “El placer es el bien supremo… y si se siente bien, hazlo.”
¿Y qué representa esto hoy en día? Música, fiestas, conciertos, playlists, Netflix, TikTok y entretenimiento constante. Comida gourmet, restaurantes y experiencias culinarias. Viajes, spas y masajes. La hipersexualización, el rechazo al matrimonio, las relaciones sin compromiso y la pornografía —una industria que mueve más de cien mil millones al año—. También las compras impulsivas para sentir “dopamina”. En resumen, todo lo que estimula los sentidos para “sentirse bien”. Es el experimento del subidón de dopamina.
La mentira detrás de este experimento es simple pero poderosa: “Si siento más, seré feliz.” Es la idea de que el placer sensorial puede llenar el alma. Pero la conclusión de Salomón es contundente: puedes tener todas las experiencias, todos los placeres, todas las sensaciones… y aun así sentirte vacío. Porque el placer no cura el alma, no sana el corazón, no da propósito, no sostiene en el sufrimiento y no llena el espíritu. Salomón dice que incluso este experimento fue hevel: vapor, humo, algo que se desvanece.
Así que todos los experimentos fallaron. Nada le dio satisfacción. Y permíteme decir algo pastoral antes de pasar al siguiente versículo: si estás pensando en tener una amante, no lo hagas. Si una mujer —tu esposa— no te satisface, no lo harán novecientas noventa y nueve. Tenía que decirlo antes de continuar.
Eclesiastés 2:9–10 (NTV) De modo que me hice más poderoso que todos los que vivieron en Jerusalén antes que yo, y mi sabiduría nunca me falló. 10 Todo lo que quise lo hice mío; no me negué ningún placer. Hasta descubrí que me daba gran satisfacción trabajar mucho, la recompensa de toda mi labor;
Este hombre no se negó ningún placer; incluso disfrutó del trabajo. Suena casi como la versión antigua del sueño americano moderno —solo que hoy, muchos querrían quitar la parte del trabajo. En los tiempos de Salomón, el placer era escaso y reservado para unos pocos; él era la excepción. Pero hoy, comparados con la historia, todos vivimos como reyes: acceso a comida, entretenimiento, comodidad, viajes, tecnología… cosas que ni los monarcas más ricos pudieron imaginar.
Ahora veamos la conclusión a la que llego el Maestro de sus experimentos:
Eclesiastés 2:11 (NTV) pero al observar todo lo que había logrado con tanto esfuerzo, vi que nada tenía sentido; era como perseguir el viento. No había absolutamente nada que valiera la pena en ninguna parte.
Nada tenía “hevel” ; era como perseguir el viento. Ahí está otra vez esa palabra: “sin sentido”. Hevel, como vimos la semana pasada: vapor, humo. Todo se desvaneció; nada era sólido. En otras palabras, es la caminadora hedónica: no importa qué tan rápido corras hacia una meta, cuando la alcanzas tu nivel básico de felicidad vuelve a resetearse y empiezas a buscar la siguiente cosa que perseguir, porque nada te ha dado satisfacción.
¿Por qué pasa esto? Lo explicamos así: por el estado de déficit de dopamina. El impulso del cerebro hacia el consumo excesivo está alimentado por un mecanismo biológico donde el placer y el dolor funcionan como dos lados opuestos de una balanza.
Cuando experimentamos algo placentero, el cerebro libera dopamina y la balanza se inclina hacia el lado del placer. Pero el cerebro está diseñado para mantener homeostasis, un nivel estable, y trabaja intensamente para regresar esa balanza a su punto neutral cada vez que se inclina.
Cuando la balanza se inclina hacia el placer, el cerebro no solo vuelve al nivel normal; sobrecompensa reduciendo la producción de dopamina. Eso crea un estado de déficit de dopamina. Y ahí es donde vive tanta gente hoy. Sin sentido. Lo que me encanta es que la Palabra de Dios nos enseñó esto miles de años antes que la ciencia.
Ahora bien, ¿cuál es la solución? Algunos podrían pensar que la respuesta es negar el placer. Pero tampoco. No se trata de irse al otro extremo. El otro extremo del hedonismo —la búsqueda exagerada del placer— es el ascetismo. Y el ascetismo es el error opuesto: negar los buenos regalos de Dios en lugar de recibirlos con gratitud.
Ascetismo es la creencia de que hacer tu vida miserable te convierte en una mejor persona.
O en un mejor cristiano. O en alguien más santo. Muchos, al cerrar un sermón como este, dirían: “Ya ven, el placer es malo. Tenemos que negarnos a todo placer para ser buenos cristianos. El sexo con tu esposa es solo para procrear. No debes invertir, comprar, vender o disfrutar nada.” Pero el ascetismo tampoco es la respuesta.
El hedonismo, por un lado, puede provocar una reacción exagerada… pero también lo hace el ascetismo. Lutero lo explicó con una imagen brillante: la naturaleza humana es como un campesino borracho tratando de montar un caballo. Te caes por el lado izquierdo, así que decides hacerlo mejor. Vuelves a subirte, pero te inclinas tanto hacia el otro lado que te caes por la derecha.
Ese es nuestro problema: cuando intentamos corregir un extremo, solemos caer en el extremo opuesto. Del hedonismo saltamos al ascetismo. De “el placer es mi dios” pasamos a “el placer es pecado”. De abusar de los regalos de Dios pasamos a temerlos. Y en ambos casos… seguimos fuera del caballo. Seguimos lejos del corazón de Dios.
El ascetismo no es la solución porque:
Génesis 2:8 (NTV) 8 Después, el Señor Dios plantó un huerto en Edén, en el oriente, y allí puso al hombre que había formado. 9 El Señor Dios hizo que crecieran del suelo toda clase de árboles: árboles hermosos y que daban frutos deliciosos…
Edén literalmente significa “placer”. Dios lo hizo para el hombre. Así que podemos decir, sin exagerar, que Dios puso al ser humano en el huerto del Placer. Si el placer fuera malo, Dios jamás habría creado un lugar así, ni mucho menos habría puesto allí al hombre y a la mujer.
Además, el fruto no era solo funcional, “bueno para comer”; también era agradable a la vista, una expresión que habla de estética, belleza, deleite. Dios colocó a Adán y Eva en este jardín de placer y les dio libertad para comer de casi todos los árboles. Él es un Dios bueno y quiere que disfrutemos sus buenos regalos.
Y eso es precisamente lo que Salomón descubrió. Después de todos sus experimentos fallidos por encontrar el placer y la satisfacción plena, se dio cuenta de la diferencia entre disfrutar un regalo y depender de él, la bondad del Creador frente a la insuficiencia de la creación y el límite del placer cuando se convierte en un dios.
El placer es un regalo de Dios, no un dios que deba reemplazarlo a Él.
Eclesiastés 3:12–13 (NTV) Así que llegué a la conclusión de que no hay nada mejor que alegrarse y disfrutar de la vida mientras podamos. 13 Además, la gente debería comer, beber y aprovechar el fruto de su trabajo, porque son regalos de Dios.
Así que tengamos cuidado de no caer en ninguno de los dos extremos. Ni en el hedonismo, que busca la felicidad última en placeres pasajeros —hevel, vapor que se desvanece—. Ni en el ascetismo, que niega las cosas buenas con un corazón orgulloso y amargado.
La invitación bíblica es distinta: disfruta las cosas buenas que Dios provee. Míralas como regalos, no como obligaciones. Reconoce que estas cosas vienen y van, pero Dios mismo es el constante, el único que permanece.
Te lo resumo así: la clave no es idolatrar el placer ni temerlo, sino recibirlo con gratitud, dentro de los límites de Dios, y sin depender de él para vivir.
El hedonismo dice: “El placer es mi dios.”
Ese es el problema. Todos estos experimentos que hizo Salomón elevaron el placer a un lugar máximo, al mismo nivel que solo le corresponde a Dios. Es exactamente lo que hacemos hoy: tratar de buscar el placer a cualquier costo, como si fuera la fuente última de significado. Cuando haces eso, el placer se convierte en tu dios. Ese es un extremo.
En el otro extremo está la reacción opuesta, igual de dañina, que veremos a continuación.
El ascetismo dice: “El placer es pecado.”
Dios no quiere que goces de nada. Esa es la idea que muchos abrazan sin darse cuenta. Viven una vida sombría, apagada, casi gris. Y lo más triste es que algunos incluso se jactan de ello, como si la falta de alegría y de gusto los hiciera más santos.
Pero la Biblia cuenta otra historia, una muy distinta, una que revela a un Dios que no solo permite el gozo, sino que lo diseñó como parte de la vida humana.
El evangelio dice: “El placer es un regalo.”
Disfrutas de la esposa que Dios te ha dado porque es un regalo que viene de Él. Lo mismo ocurre cuando te da una casa, un trabajo o cualquier otra bendición. Estás presente, lo recibes como un regalo de Dios y lo disfrutas con gratitud. Agradeces las victorias. Sabes cómo celebrar. Y aunque las cosas buenas vengan y vayan por temporadas, nada de eso destruye tu fe.
Lo disfrutas, pero no dependes de eso. No haces del placer un dios, ni lo conviertes en un pecado. Reconoces que es un regalo de Dios, porque Dios nos ama y quiere lo mejor para nosotros. Y eso es exactamente lo que Jesús expresó, mostrando el corazón del Padre y articulando la misma verdad que Salomón descubrió en su búsqueda.
Juan 10:9-10 (NTV) 9 Yo soy la puerta; los que entren a través de mí serán salvos. Entrarán y saldrán libremente y encontrarán buenos pastos. 10 El propósito del ladrón es robar y matar y destruir; (este es el diablo, y él lo puede hacer a través del hedonismo o el ascetismo) mi propósito es darles una vida plena y abundante.
Eso es lo que Dios quiere para todos. El Dios de Salomón, Jesús, vino para darnos una vida plena y abundante, una vida verdaderamente satisfactoria. Él es un Dios bueno, un Dios que nos ama y nos da cosas para que las disfrutemos, y que deben recibirse como regalos que vienen de su mano, usados de una manera bíblica, apropiada y dentro de sus límites. Solo así pueden disfrutarse como deben. Y, en última instancia, eso solo se encuentra en Jesucristo.
Ven. Te animo a que busques a este Jesús que quiere que vivas una vida con sentido, una vida plena. Solo Él puede completar tu vida y darte lo que has estado buscando. Quizás has destruido tu matrimonio o tu hogar persiguiendo algo que te diera placer o felicidad. Pero nada en esta vida puede darte eso… solo Jesús.
- Lee los puntos de discusión anteriores en grupo, incluidas las citas bíblicas. ¿Cuáles son tus pensamientos iniciales sobre estos puntos?
- ¿Qué formas de placer promete con más fuerza nuestra cultura que nos harán felices? ¿Por qué esas promesas resultan tan convincentes?
- ¿Dónde has experimentado personalmente la “caminadora hedónica”, esa necesidad de más solo para sentir lo mismo?
- ¿Por qué es tan tentador pasar del hedonismo al ascetismo cuando el placer nos decepciona?
- ¿Cómo cambia nuestra manera de disfrutar el placer cuando lo vemos como un regalo y no como un dios?
- Lee Eclesiastés 3:12–13. ¿Cómo se ve en la práctica disfrutar los regalos de Dios sin depender de ellos?
- ¿Cómo redefine la promesa de Jesús de una “vida plena y abundante” lo que realmente significa satisfacción?