El Día de la Expiación, o Yom Kippur, era el día más sagrado del calendario israelita. Era el momento en que toda la nación hacía una pausa para “reiniciar” su relación con Dios. Este día incluía sacrificios muy específicos: un toro para los pecados del sumo sacerdote y dos machos cabríos para los pecados del pueblo. Uno de esos machos cabríos era sacrificado como ofrenda por el pecado. El otro, el famoso “macho cabrío expiatorio”, era enviado al desierto para llevarse simbólicamente la culpa del pueblo. Cada parte del ritual apuntaba directamente a la obra de Jesucristo.
Un sacrificio para el sacerdote
El ritual comenzaba con el sumo sacerdote. Antes de representar a la nación, tenía que enfrentar su propia condición humana. Levítico 16 explica que primero debía sacrificar un toro como ofrenda por el pecado para él y su familia. Esto recordaba que incluso el líder espiritual más alto era un ser humano imperfecto que necesitaba misericordia.
Ese día, el sumo sacerdote no usaba sus ropas ornamentadas y coloridas. En su lugar, vestía lino blanco sencillo. Este cambio simbolizaba humildad y pureza mientras se preparaba para entrar al Lugar Santísimo. Al ofrecer primero el toro, quedaba ceremonialmente limpio para poder entrar en la presencia inmediata de Dios y así interceder por el pueblo.
Los dos machos cabríos: uno para el Señor
La parte más distintiva del día involucraba dos machos cabríos idénticos. El sumo sacerdote echaba suertes para determinar el destino de cada uno. El primero, el que era “para el Señor”, se sacrificaba como ofrenda por el pecado de toda la nación. Su sangre se llevaba detrás del velo grueso, al Lugar Santísimo, y se rociaba sobre el “propiciatorio” del Arca del Pacto.
Levítico 16:15–16 (NTV) »Luego, Aarón matará el primer chivo como ofrenda por el pecado del pueblo y llevará su sangre detrás de la cortina interior. Allí rociará la sangre del chivo sobre y delante de la tapa de la expiación,… Mediante este proceso, purificará el Lugar Santísimo…
Este sacrificio representaba la “propiciación”, una palabra que significa satisfacer la justicia de Dios. Como el pecado produce muerte, una vida tenía que ser entregada. La sangre sobre el propiciatorio mostraba que el precio de la rebelión del pueblo había sido pagado, permitiendo que un Dios santo siguiera habitando entre un pueblo pecador por un año más.
El misterio del macho cabrío expiatorio
El segundo macho cabrío tenía un propósito completamente distinto. No se sacrificaba. El sumo sacerdote ponía ambas manos sobre su cabeza y confesaba todos los pecados, rebeliones y fallas del pueblo. Este acto transfería simbólicamente la culpa colectiva al animal. Por eso se le conoce como el “macho cabrío expiatorio”.
Un hombre designado lo llevaba al desierto y lo soltaba, para que nunca regresara. Mientras el primer macho cabrío representaba el pago del pecado, este representaba la eliminación del pecado. Era una imagen poderosa. Mostraba que Dios no solo perdonaba la deuda, sino que también enviaba la culpa lejos del campamento, fuera de vista y fuera de la vida del pueblo.
Jesús: nuestra expiación perfecta
Para los cristianos, estos rituales antiguos son una sombra de la realidad que encontramos en Jesús. La Biblia enseña que Jesús cumplió ambos roles del Día de la Expiación. Como nuestro Gran Sumo Sacerdote, no necesitó ofrecer un toro por sus propios pecados porque Él era perfecto. En lugar de eso, ofreció su propia sangre para pagar nuestra deuda de una vez por todas.
Hebreos 9:11–12 (NTV) Entonces Cristo ahora ha llegado a ser el Sumo Sacerdote… Con su propia sangre—no con la sangre de cabras ni de becerros—entró en el Lugar Santísimo una sola vez y para siempre, y aseguró nuestra redención eterna.
Jesús también es nuestro macho cabrío expiatorio. Hebreos explica que Jesús fue llevado “fuera de la ciudad” para sufrir, igual que el macho cabrío era enviado fuera del campamento. Cuando confiamos en Jesús, Él no solo cubre nuestros pecados. Se lleva nuestra culpa y vergüenza para siempre. Y como su sacrificio fue perfecto, el Día de la Expiación ya no necesita repetirse. Está terminado.
Enseñanza clave
Los sacrificios del Día de la Expiación —el toro, el macho cabrío sacrificado y el macho cabrío expiatorio— enseñaban a Israel que el pecado es serio y que requiere tanto un pago como una eliminación. Estos rituales ofrecían un “reinicio” temporal, pero apuntaban a Jesús. En Cristo tenemos una expiación permanente: nuestros pecados son pagados por su sangre y nuestra culpa es llevada lejos para siempre. Gracias a Él, tenemos una conciencia limpia y acceso directo a Dios.
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