Hoy empezamos una nueva serie de cinco mensajes titulada: No me mandas. Y no, ¡esta no es una serie de matrimonio! Es que todos creemos que somos los CEOs de nuestra propia vida, pero si somos honestos, la mayoría estamos siendo dirigidos por “socios silenciosos” que nunca invitamos a la mesa directiva.
Emociones como la culpa, el miedo y la comparación terminan tomando decisiones por nosotros, creando caos y robándonos la paz. La solución no es convertirnos en nuestros propios jefes, sino cambiar a quién le rendimos cuentas. Jesús lo dijo así:
Juan 10:10 (NTV) El propósito del ladrón es robar y matar y destruir; mi propósito es darles una vida plena y abundante.
A lo largo de esta serie, identificaremos a esos “pésimos jefes” que Satanás ha estado usando para robar, matar y destruir. Luego descubriremos el arte de rendirle el trono a Jesús, el único que realmente sabe qué hacer con nuestra vida.
La culpa: Tú no me madas
Para abrir esta serie, hoy hablaremos de la culpa. ¿Quién no siente culpa o vergüenza por su pasado? Ya, en este momento, todos están pensando en esa cosa que nadie más sabe. Todos, estoy seguro, tienen algo en mente ahora mismo que nos avergüenza y nos llena de culpa.
Hoy hablaremos de los dos lados de la culpa. Primero, veremos el lado de los “sentimientos” donde exploramos lo que está pasando en nuestras emociones y el peso psicológico de la culpa y la vergüenza. Seguido por el lado “legal” donde veremos lo que realmente está ocurriendo en la sala del tribunal del cielo y lo que Jesús hizo (¡en la Pascua!) para resolver el problema.
El lado de los sentimientos.
La culpa es un “mal jefe” que crea un ciclo de pecado y ocultamiento. A menudo nos ocupamos demasiado o nos aislamos para ocultar la vergüenza de nuestra “naturaleza pecaminosa”. El enemigo usa la culpa para hacerte sentir tan indigno que terminas escondiéndote de quienes realmente pueden ayudarte, igual que Adán en el Jardín del Edén.
Génesis 3:8 (NTV) Cuando soplaba la brisa fresca de la tarde, el hombre y su esposa oyeron al Señor Dios caminando por el huerto. Así que se escondieron del Señor Dios entre los árboles.
La culpa y la vergüenza hacen que nos escondamos de Dios, de nuestra familia y de nuestras amistades. No nos escondemos literalmente detrás de los arbustos o entre los árboles. Nuestras “hojas de higuera” modernas son otras: estar ocupados constantemente, llenar la vida de ruido, vivir sin silencio ni reflexión, sin mirar al “yo” real ni permitir que otros lo hagan. También sabotear relaciones, mirar el teléfono 24/7, vivir sin conversaciones reales y sin relaciones reales.
Y es que la culpa se convierte en un ciclo vicioso: pecamos, luego sentimos culpa, y luego pecamos más para adormecer los sentimientos. En otras palabras, la culpa se convierte en el jefe. Se sienta en el asiento del conductor, toma decisiones por nosotros, crea disfunción y roba nuestra paz. La odiamos, pero no podemos detenerla. Pablo lo expresó perfectamente:
Romanos 7:15,19 (NTV) 15 Realmente no me entiendo a mí mismo, porque quiero hacer lo que es correcto pero no lo hago. En cambio, hago lo que odio.… 19 Quiero hacer lo que es bueno, pero no lo hago. No quiero hacer lo que está mal, pero igual lo hago.
Pablo era alguien muy religioso. Creo que este pasaje nos muestra que incluso los religiosos luchan con la culpa. O quizá es que, los religiosos, especialmente luchan con la culpa. La Biblia llama a esto la naturaleza pecaminosa.
El problema es que todos nacemos con una naturaleza pecaminosa: un defecto fundamental en nuestro sistema operativo. Solo mira a un niño de dos años: son egoístas —a mi Camilita, hasta la fecha, no le gusta compartir— y mienten. Vienen con el sistema operativo preinstalado. Todos lo hacemos.
La ciencia moderna explica esto como una corteza prefrontal no desarrollada. El problema es que incluso los adultos completamente desarrollados son egoístas; solo lo disimulamos mejor. Somos mentirosos más sofisticados. Y por más que intentemos reprimir nuestros sentimientos de culpa, no funciona.
De hecho, mientras más envejecemos, más probable es que el jefe de la culpa levante su fea cabeza. Porque mientras más envejecemos, más luchamos con estas preguntas: ¿Y si no solo nos sentimos culpables? ¿Y si realmente somos culpables?
El lado legal.
El concepto de “culpa legal” en la Biblia se refiere a nuestra posición delante de Dios como Juez después de quebrantar sus leyes morales. A diferencia de “sentirse culpable”, que es una emoción, la culpa legal es un estado real que existe porque no hemos cumplido el estándar perfecto de santidad de Dios.
La Biblia enseña que todo ser humano carga con esta deuda legal. También describe a Dios como un Juez perfectamente justo; así como un juez humano no puede ignorar un crimen sin volverse corrupto, Dios no puede ignorar el pecado y seguir siendo santo. Su ley no es una sugerencia; es el marco de un universo perfecto.
A menudo tratamos de equilibrar nuestra propia balanza haciendo buenas obras, pero en un tribunal, “hacer lo bueno” hoy no borra el crimen cometido ayer. Estas son las matemáticas morales: si alguien roba un banco, un juez no lo deja libre solo porque últimamente ha sido un buen vecino. Nuestra culpa legal permanece porque no podemos cumplir perfectamente los requisitos de la ley de Dios por nuestra cuenta.
Romanos 3:19 (NTV) Obviamente, la ley se aplica a quienes fue entregada, porque su propósito es evitar que la gente tenga excusas y demostrar que todo el mundo es culpable delante de Dios.
Algunas personas piensan que esto hace que Dios parezca malo. Por eso muchos nunca vienen a la iglesia: “Dios es intolerante”, “Dios es inflexible”. Pero para mostrarte lo contrario, hagamos un experimento mental. ¿Qué pasaría si alguien hiciera algo horrible contra ti o tu familia? Objetivamente horrible. Como secuestro, violación o asesinato. Solo pensarlo me hace hervir la sangre.
¿Querrías que el juez simplemente cancelara la sentencia del culpable? ¿Cómo te sentirías si el juez lo dejara ir? Sin juicio, sin consecuencia, sin justicia. Todos sabemos que eso no sería justo. Gritarías por justicia. Pedirías que despidieran al juez. ¿Ves el punto? Las víctimas tienen una demanda profunda e inquebrantable por justicia. Pero en el tribunal del cielo, nosotros no somos las víctimas; somos los acusados culpables.
Eso es la culpa legal. La prueba está en nuestros propios sentimientos de culpa: son evidencia de que sabemos que no somos perfectos. Son indicadores de un problema, y lo sabemos. El sentimiento de culpa es el síntoma; la culpa legal es la enfermedad. En el tribunal del cielo, el Juez exige justicia, y sería incorrecto que no lo hiciera.
Romanos 6:23 (NTV) Pues la paga que deja el pecado es la muerte…
Alguien tiene que pagar por esto. En el AT, Dios estableció un sistema sacrificial para esto. Los corderos y las cabras tenían que pagar.
Hebreos 9:22b (NTV) …porque sin derramamiento de sangre no hay perdón.
Y eso nos lleva a lo que se celebra en la semana de La pascua; al
corazón del evangelio o sea La Buena Noticia:
Jesús fue la única persona en la historia que no tenía culpa legal propia, lo que le permitió pagar la deuda por todos los demás.
Jesús es Dios, no un ser creado. Jesús tomó carne hace 2000 años (Navidad), vivió una vida perfecta y sin pecado, se puso en el camino del juicio que nosotros merecíamos, fue a la cruz para derramar su sangre en nuestro lugar y luego resucitó para liberarnos de la culpa y la vergüenza.
Colosenses 2:14 (NTV) Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz.
En el mundo romano del primer siglo, las autoridades usaban un certificado escrito de deuda o una lista de “cargos” contra una persona. Cuando alguien cometía un crimen o debía una gran cantidad de dinero, este documento servía como acusación oficial. Era un recordatorio constante de que la persona era deudora ante la ley. Este registro seguía al criminal a todas partes, documentando cada forma en que había fallado.
Cuando un prisionero finalmente cumplía su sentencia, las autoridades tenían que dejar claro que ahora era libre. A menudo clavaban el certificado cancelado en un poste público o incluso en la puerta de su casa. Ese “clavado” era una declaración pública de que la ley ya no tenía ningún reclamo sobre esa persona. La deuda no era ignorada; era legalmente satisfecha y mostrada a todos.
Al clavar nuestro registro de cargos en la cruz, Jesús hizo más que equilibrar los libros. También despojó a los “gobernantes y autoridades espirituales” de su poder. En el mundo antiguo, un acusador podía usar tu deuda impaga para avergonzarte o mantenerte en esclavitud.
Al clavar públicamente la deuda en la cruz, Jesús mostró a todo el universo —incluyendo a Satanás y sus demonios— que ya no existe evidencia para usar contra los que le pertenecen. La cruz se convirtió en el lugar donde nuestro veredicto de “culpable” fue intercambiado por el estatus de “justo” de Cristo.
Así que ya no tenemos que dejar que la culpa nos mande. Ya no tiene poder sobre nosotros. El autor de Hebreos nos dice:
Hebreos 10:22 (NTV) entremos directamente a la presencia de Dios con corazón sincero y con plena confianza en él. Pues nuestra conciencia culpable ha sido rociada con la sangre de Cristo a fin de purificarnos.…
Dejemos de escondernos detrás de los arbustos como Adán y Eva. Dejemos de alejarnos de Dios. Ya no tenemos que escondernos de la presencia de Dios; ahora podemos entrar directamente a su presencia. Y también podemos dejar de escondernos de la familia y los amigos, porque la culpa ya no es nuestro jefe.
Pero ¿cómo obtenemos este tipo de libertad? Confiando en Jesús, creyendo que Él es Dios, que vivió una vida perfecta y sin pecado, que se puso en el camino del juicio que nosotros merecíamos, que fue a la cruz para derramar su sangre en nuestro lugar y que resucitó para liberarnos de la culpa y la vergüenza.
Y si tú has dejado que la culpa sea tu dueño por un pecado —o muchos— que cometiste, en este momento puedes ser libre haciendo esta oración:
“Señor Jesús, perdóname por el pecado que he cometido contra ti. Perdona por ocultarlo, pero esta culpa y vergüenza me consumen. Me arrepiento y acepto tu perdón. Sé que me has lavado con tu sangre derramada en la cruz. Amén.”
Y si tú, que estás hoy aquí, nunca le has dado tu vida a Jesús, no te vayas sin hacerlo. Y si quisieras que Él sea el Señor y Salvador de tu vida, repite conmigo esta oración:
“Señor Jesús, reconozco que he pecado contra ti. Sé que he hecho lo malo ante tus ojos, pero hoy reconozco que moriste por mí en una cruz y que resucitaste al tercer día para darme vida. Gracias por quitar mi culpa y hoy te recibo como mi Señor y Salvador. Amén.”
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