Hebreos 1–11 ha construido un fundamento teológico enorme. El autor ha mostrado que Jesús es superior a los ángeles, superior a Moisés y superior al antiguo sacerdocio. Él es el Hijo eterno, el Sumo Sacerdote perfecto y el Mediador del nuevo pacto.
El capítulo 11 luego nos presenta a los “Héroes de la Fe”, hombres y mujeres que vivieron confiando en Dios aun cuando no vieron todas sus promesas cumplidas. Sus vidas testifican que la Palabra de Dios es verdadera y que la fe auténtica siempre produce obediencia y perseverancia.
Y ahora, al llegar al capítulo 12, ocurre un giro. Después de once capítulos de doctrina profunda, el autor pasa de la teología a la acción. De lo que creemos a cómo debemos vivir. Por eso abre diciendo: “Por lo tanto…”
Es como si dijera: “Después de todo lo que hemos visto sobre Jesús, ahora les toca a ustedes. Ahora es su turno de correr.”
De antemano quiero que quede bien claro que no corremos la carrera de la fe para llegar a Dios; corremos porque Jesús ya abrió el camino.
Hebreos 12:1 (NTV) Por lo tanto, ya que estamos rodeados por una enorme multitud de testigos de la vida de fe, quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante.
La “multitud” de la que habla Hebreos se refiere a los héroes del capítulo 11, ese salón de la fama de la fe. Ellos son testigos no porque nos estén mirando desde el cielo, sino porque sus vidas dan testimonio de que sí se puede vivir por fe, sí se puede perseverar y sí vale la pena confiar en Dios.
Y así como en cualquier carrera del mundo deportivo, la carrera de la fe también necesita una estrategia para poder ganarla. El autor de Hebreos nos da esa estrategia desde el principio: quitarnos todo peso. Los corredores griegos antiguos corrían casi desnudos para eliminar cualquier resistencia y peso que pudiera frenarlos. Nada que los estorbara. Nada que los retrasara.
Para los cristianos, ese “peso” incluye dos cosas. Primero, las cosas malas: el pecado. Eso es obvio. El pecado siempre estorba, siempre pesa, siempre frena. Pero Hebreos dice: “especialmente el pecado”, lo cual implica que también hay otros pesos que no son pecado, pero igual nos estorban. Cosas buenas que, sin darnos cuenta, se convierten en distracciones: pasatiempos, carreras, metas, expectativas, actividades, etc. Cosas que no son malas, pero que nos roban enfoque y nos alejan de lo mejor: la vida de fe.
Entonces surge la pregunta: ¿cómo corremos esta carrera en la vida diaria? El autor nos da cinco hábitos de entrenamiento prácticos para la vida cristiana. Y quiero compartirlos contigo para que puedas correr tu carrera de fe de manera práctica en tu día a día. Así que aquí te doy los cinco hábitos de entrenamiento presentados por el autor de Hebreos.
- Acepta la disciplina divina
Hebreos 12:7 (NTV) Al soportar esta disciplina divina, recuerden que Dios los trata como a sus propios hijos. ¿Acaso alguien oyó hablar de un hijo que nunca fue disciplinado por su padre?
La enseñanza aquí es que la disciplina no es un castigo por una deuda ya pagada; es entrenamiento para un premio futuro. Dios te ama demasiado como para dejarte inmaduro. Es lo mismo que cuando disciplino a mis hijos: lo hago porque los amo. Proverbios 13:24 dice: “Quienes no emplean la vara de disciplina odian a sus hijos.” Ese es el motivo por el que Dios nos disciplina: no porque nos odia, sino porque nos ama.
Por eso debemos aceptarla, para que podamos crecer de manera saludable en nuestra fe. Sé que no nos gusta cuando nos corrigen, pero es por nuestro bien. No nos rebelemos; más bien, seamos humildes y recibamos la corrección. De esta manera, correremos mejor nuestra carrera de fe.
- Busca la reconciliación
Hebreos 12:14a (NTV) Esfuércense por vivir en paz con todos…
La enseñanza aquí es que la paz, en un mundo roto, requiere trabajo y esfuerzo. No aparece sola ni se mantiene por accidente. Es una búsqueda constante, una decisión diaria. Como seguidores de Jesús, deberíamos ser las personas más difíciles de ofender y las más rápidas en pedir perdón. Esa es la marca de un corazón entrenado por la gracia. Pero vale la pena detenernos y preguntarnos con honestidad: ¿se refleja eso en tu vida?
Si no, empieza hoy. Sé una persona de paz. No hagas más grandes los problemas; sé la solución. Ve y pide perdón, incluso si tú fuiste el ofendido. El reino de los cielos es de los humildes. La Palabra de Dios enseña que “el que se humilla será exaltado” (Mateo 23:12). Los que entienden esto saben que corremos esta carrera de fe por un reino donde el más grande es el que se hace pequeño aquí en la tierra.
- Practica la santidad diariamente
Hebreos 12:14b (NTV) “…y procuren llevar una vida santa …
La enseñanza es que la santidad no es actuar “religiosamente”. No se trata de aparentar espiritualidad ni de cumplir rituales externos. La santidad significa estar apartado para los propósitos específicos de Dios. Eso es exactamente lo que significa la palabra “santo”: apartado del pecado y dedicado. Es decir, no solo eres separado del pecado, sino también consagrado para algo, puesto al servicio de Dios.
Ser santo es vivir de una manera que haga que otros sientan curiosidad por el Dios al que sirves. No se trata solo de ser un “gancho” que atraiga a otros a Cristo, aunque eso también sucede. Se trata de vivir de tal manera que tu vida refleje quién es Dios y lo que Él ha hecho en ti.
Y el mismo versículo nos da una razón aún más profunda: “porque los que no son santos no verán al Señor.” La santidad no es opcional; es la evidencia de que pertenecemos a Jesús.
- Sé el guardián de tu hermano
Hebreos 12:15a (NTV) Cuídense unos a otros, para que ninguno de ustedes deje de recibir la gracia de Dios.
La enseñanza es que no corremos carreras individuales; somos un equipo. En la carrera de la fe, tenemos la responsabilidad de animar, cuidar y levantar a nuestros hermanos. Debemos vigilar que nadie se quede atrás, evitar que alguien se aparte de la gracia y mantenernos firmes juntos para que ninguno pierda de vista la bondad de Dios.
No respondamos como Caín cuando Dios le preguntó por Abel, diciendo: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” Pues sí, sí lo eres. Ser el guardián de tu hermano significa estar pendiente cuando falta a la iglesia para animarlo. Significa llamarlo y orar por él o ella cuando está enfermo o pasando necesidad. Significa brindar ayuda práctica cuando enfrenta dificultades.
También implica cuidarnos las espaldas unos a otros. Si escuchas que alguien está hablando mal de tu hermano o hermana, no participes del chisme. Al contrario, detén a la persona y dile: “No me cuentes nada si no estás dispuesto a decirlo frente al hermano del que estás hablando.”
Esto también incluye a tu pastor. Sé su escudero, cuídalo. Si alguien viene y empieza a hablarte mal de él, no contribuyas; sé parte de la solución y dile lo mismo: “No me cuentes nada si no estás dispuesto a decirlo frente al pastor.” Punto.
Así nos cuidamos todos, para que “ninguno de ustedes deje de recibir la gracia de Dios”, es decir, todo lo bueno que viene de Él. Y si practicas el chisme, entonces no te preguntes por qué las cosas no te van bien. Ya tienes tu respuesta: no estás siendo el guardián de tu hermano o hermana.
- Arranca la amargura antes de que crezca
Hebreos 12:15b (NTV) “Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura que los perturbe y envenene a muchos.”
La enseñanza es que la amargura es una “raíz”: comienza bajo tierra, donde nadie la ve. Parece pequeña, insignificante, inofensiva pero si no la arrancas, eventualmente envenena toda tu vida y también a quienes te rodean.
Cuando estamos amargados, no siempre lo decimos, pero se nota. Empieza con cosas pequeñas: te molesta ver a esa persona, te irrita lo que antes no te afectaba, te encuentras recordando lo que te hizo una y otra vez. Empiezas a hablar con frialdad, a distanciarte o a responder con dureza. Por fuera parece “nada”, pero por dentro ya hay una raíz creciendo. Y si no la arrancas, esa raíz termina afectando tu manera de hablar, de servir, de amar e incluso tu relación con Dios.
Y no se queda ahí: también afecta a otros. Por ejemplo, estás sentido o sentida con alguien, vienes y se lo cuentas a tu amigo o amiga, y sin darte cuenta le traspasas esa espina. Ahora ya no solo tú estás envenenado, sino también la otra persona. Porque somos buenos para calentar calenturas ajenas, es decir, para adoptar ofensas que ni siquiera son nuestras y enojarnos por problemas que no vivimos.
Pero no debe ser así. Dios nos dice que no debemos dejar crecer ninguna raíz venenosa de amargura. Debemos cortarla de raíz desde el principio. Si sientes que alguien te hizo algo, ve con esa persona y háblalo; muchas veces es solo un malentendido. En lugar de pasar el veneno a otros contando lo que nos hicieron, cortémoslo de raíz yendo directamente con la persona y hablando con humildad.
Como hijos de Dios, somos llamados a ser guardianes de nuestro hermano, y esta es una forma de hacerlo. Además, Dios no quiere que nos amarguemos por nada. Así que no lo permitamos. Guardemos nuestros corazones al no dejar crecer ninguna raíz que nos amargue y envenene. No permitamos que nos carcoma por dentro.
Con estas cosas no se puede ser pasivo ni dejarlas para después. Hay que lidiar con ellas en el instante en que sentimos que su veneno empieza a esparcirse dentro de nosotros. No le demos cabida al diablo en ningún aspecto de nuestras vidas.
La amargura hará que corramos con un peso enorme, un peso que nos debilitará y eventualmente nos detendrá en la carrera de fe a la que hemos sido llamados.
Recordemos que nuestra meta al correr esta carrera es llegar a la plenitud del Reino inconmovible que Dios ya nos ha prometido.
Hebreos 12:28 (NTV) …estamos recibiendo un reino inconmovible…
Vivimos en el “ya” y el “todavía no”. En otras palabras, ya hemos recibido el reino; Jesús ya está coronado de gloria. Jesús ya reina. Pero todavía esperamos su plenitud. Esa tensión es parte de la vida cristiana: celebramos lo que ya tenemos, mientras anhelamos lo que aún viene.
Por eso debemos recordar esto: no corremos por correr. Corremos hacia un reino inconmovible. Un reino que no se mueve, no se derrumba, no cambia, no falla. Un reino que ya estamos recibiendo, pero cuya plenitud nos espera al final de la carrera.
Así que corre con perseverancia. No te rindas ni te des por vencido. Levántate cada vez que tropieces y caigas. Esta es una carrera de toda la vida, así que no se trata de correr más rápido, sino de levantarse, sacudirse el peso y seguir adelante hasta el final… hasta llegar a ese Reino inconmovible.
Pero ¿cuál es la clave? ¿Cómo no perder el rumbo al correr esta carrera? Pues volvamos al inicio del capítulo para encontrar la respuesta.
Hebreos 12:2 (NTV) Esto lo hacemos al fijar la mirada en Jesús, el campeón que inicia y perfecciona nuestra fe.
Aquí está la clave: fijar nuestros ojos en Jesús. Él es el campeón. No el pastor ni el líder. Todo ser humano falla, pero Jesús no. Él es quien te salvó, no el hermano. Jesús es quien inició tu fe y Él es quien la perfecciona.
Todo regresa a Jesús: Él soportó la disciplina divina en la cruz. Él es el Príncipe de Paz. Él vivió una vida santa y perfecta. Él es el Portador de gracia. Jesús corrió la carrera que nosotros no podíamos correr y ganó el premio que nosotros no merecíamos. En la cruz abrió el camino, y en la resurrección nos dio vida nueva.
Así que, si tú has permitido que raíces de chisme, pleitos, resentimientos o palabras hirientes crezcan en tu corazón quiero que sepas esto: comenzaron pequeñas, escondidas, pero hoy ya sienten su peso. Ya no hay gozo. Ya no hay paz. Ya no hay libertad. Y lo sabes: algo por dentro se ha ido amargando.
Pero hoy Jesús te llama a volver. Él no quiere que sigas corriendo tu carrera con un peso que te está debilitando. Él no quiere que la amargura te robe la paz que solo Él puede dar. Despojate de todo lo que te impida correr esta carrera. Haz esta oración si este es tu caso:
“Señor, arranca de mí todo lo que me este pesando y estorbando esta carrera. Devuélveme tu paz. Quiero correr ligero otra vez. Quiero vivir libre otra vez. Quiero amar como Tú me amas. Quiero correr hacia ese reino inconmovible sin nada que me detenga.”
De ahora en adelante, fija tu mirada solo en Jesús. Él es el Campeón perfecto. Aférrate fuerte de Su mano y vive estos cinco hábitos para entrenarte en esta carrera.
Y si tú, que estás leyendo esto, andas en busca de algo o deseas conocer a Jesús, hoy te invito a que le entregues tu vida y comiences a correr con Él. Habrá momentos duros, habrá pruebas, pero en todo momento el Gran Campeón, Jesús, estará contigo. Si quieres correr con Jesús de ahora en adelante, haz esta oración:
“Señor Jesús, sé que moriste en la cruz por mis pecados, pero también sé que resucitaste para darme vida. En este momento, te acepto como Señor y Salvador de mi vida. Entra en mi corazón. De ahora en adelante, quiero correr esta carrera de la vida contigo. Amén.”
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